Explore "Historia De La Decadencia De España" by Antonio Cánovas Del Castillo on Textopian. Read with annotations and highlights.
DEJAMOS notado ya en otros lugares que los Monarcas y Ministros infelices de estos tiempos que vamos narrando, hacían acaso más daño á la Monarquía con sus buenos que con sus malos intentos. Y es que en las cosas políticas no hay mayor yerro que trocar las ocasiones, y querer, porque sólo un día fueron posibles, llevarlas cualquier otro á cabo forzosamente. Harto se probó esta verdad en la expedición que envió Felipe III contra Inglaterra y en sus proyectos contra Francia; más todavía hubo de recibir más grande y triste prueba. Nada tan útil como la unidad nacional y el pensamiento de reunir todas las fuerzas de la Monarquía en un solo punto. Pero esto no era posible llevarlo á cabo de pronto entre los azares y ocupaciones de las guerras extranjeras, estando tan flaca como estaba á la sazón la cabeza de la Monarquía. Sin embargo, tal era el Conde-Duque, que cabalmente eligió aquella ocasión para traer á ejecución su propósito. Buena enseñanza del modo con que tales cosas se ejecutan acababa de ofrecer en Francia Richelieu. Mantuvo al principio la paz todo lo que pudo, aun sacrificando en ella el orgullo francés; hizo alianzas extranjeras y organizó ejércitos y reunió tesoros, y cuando tuvo á punto las cosas, comenzó á descargar golpes certeros contra los protestantes, los grandes señores y las ciudades indóciles y rebeldes. Así logró á todos rendirlos y reducirlos á la obediencia del Monarca, en cuyo nombre gobernaba; y el astro de Francia, después de algunos años de eclipse, apareció más brillante que nunca á los ojos del mundo. No aprovechó la lección Olivares, que más que estudiar en las obras de otro, pensaba poner las suyas de ejemplo á todos: tal era su vanidad.
Á muy poco de encargarse del gobierno dirigió al Rey un papel sobre ello; porque todas las cosas que él quería que le alabasen las ponía por escrito. Apuntaba allí á más de las razones claras y obvias, que persuadían la conveniencia de dar unidad á la nación, ciertos sofismas como aquel de que, «si eran poderosos seis Príncipes moderados, pero bien unidos, se considerase cuánto más lo podían ser, si se uniesen, los muchos reinos de España, tanto mayores que los opuestos y tanto más fáciles de ajustar, estando debajo de una obediencia que esos otros de diversos dueños.» De tal manera equiparaba el favorito la alianza de nuestras provincias entre sí con la de Francia, Suecia, Saboya, Holanda y las demás naciones contra nosotros á la sazón conjuradas. Fué muy alabado el papel de todas suertes, y se enviaron aquí y allá comisionados que tratasen de ello: á Flandes fué el marqués de Leganés, y á Portugal el de Castel-Rodrigo. Llamáronse también á la Corte prelados y personas principales de diversas partes para discutir la unión pretendida. Pero no se logró, porque no se podía lograr tan fácilmente efecto alguno; y duraron los tratos hasta que comenzaron las violencias á hacer sus veces, y saltaron de eso las consecuencias que lloraron todos. Este paso de las negociaciones á las violencias tuvo por causa en mucha parte los apuros del Erario y las necesidades de la guerra. Pero es imposible olvidar que otras causas menos disculpables influyeron también y no poco en su empleo. En esto como en todo la Monarquía tuvo que llorar con la incapacidad política del Rey, la vanidad funesta y la imprudencia del favorito y sus ministros.