Historia De La Decadencia De España

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ERA la reina gobernadora Doña Mariana de Austria, Princesa de poco talento, pero imperiosa y terca sobre manera: de suerte, que todo límite opuesto á su voluntad le parecía estrecho; cruel en sus iras y orgullosa; poco amante de los españoles, á quienes miró siempre como extranjeros, al paso que profesaba ciego cariño á su casa y á su familia. No temía los sucesos, por peligrosos que fueran, cuando los miraba de lejos, y sólo al sentir sobre ella el golpe, decaía de aliento. Devota, aunque no tanto que por serlo se olvidase de que era mujer, ni cifrase todas sus dichas en el cielo. Sedienta de oro, no tanto por el que necesitaba para sí, como por el que derramaba sin tasa entre su familia y sus favorecidos, tuvo también aquella mujer la desgracia de no saber suplir los talentos que á ella la faltaron, rodeándose de quien los tuviese grandes. Así se vió que los más de sus Ministros y favoritos eran menos capaces que ella de dirigir las cosas del Gobierno.

El primero, que fué el Padre Juan Evérard ó Everardo Nithard, de la Compañía de Jesús, había sido confesor suyo desde los primeros años, y en tal concepto vino acompañándola á Madrid. Jamás caracteres más parecidos han podido reunirse que el del confesor y la Reina. Tenía aquél solo más astucia, como que le hacía más falta en lo humilde de su condición para los altos fines que ambicionaba; pero en lo demás era imperioso y terco como la Reina, como ella crédulo y fanático y enemigo de tener compañeros en el poder é influjo. No bien murió su marido, se propuso la Reina dar entrada en la Junta formada en el testamento para asistirla en todas las cosas del Gobierno, al confesor Nithard.

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