Explore "Adriana Zumarán" by Carlos Alberto Leumann on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pasaban los días sin que Charito le diera noticia alguna. La desesperación le hubiese consumido, pero le alimentaba el ensueño.
Adriana se le aparecía con todos los esplendores que sus largos deseos le atribuían: a veces le miraba, de pronto, con inusitada expresión de cariño, lánguida, como en la realidad no le había mirado nunca, los ojos húmedos, el beso en los labios, tendidas hacia él sus manos llenas de vagas caricias. La imagen misma era ya una caricia, y se le acercaba, dulcemente; sentía en la cara el calor de su cara, la misteriosa blancura de un seno pequeño emergía, en la sombra. Y Muñoz se aterraba, tenía la sensación de cometer en su pensamiento una profanación. Pero al mismo tiempo todos los desdenes, todas las humillaciones pasadas, le parecían insignificantes ante la idea de la felicidad prohibida, que imaginaba oculta en aquel soñado esplendor de los bellos hechizos.