Terrorismo y comunismo by Leon Trotsky — Read

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Kautsky rechaza desdeñosamente la opinión de Marx sobre el terror, expuesta por éste en la Nueva Gaceta Renana. En aquel tiempo Marx era demasiado «joven», ya ven ustedes (es Kautsky quien nos lo hace notar); sus opiniones, pues, no habían tenido tiempo de suavizarse, no experimentaban todavía, diremos nosotros, ese reblandecimiento general característico que se observa en cierto número de teóricos cuando llegan a los setenta años. Para establecer un contraste con el Marx de 1841-1849, que estaba a la sazón en todo su apogeo (era el autor del Manifiesto comunista), Kautsky prefiere citar al Marx de la madurez, al contemporáneo de la Comuna; bajo la pluma de Kautsky, este buen Marx, despojado por otra parte de su blanca melena de viejo león, nos aparece como un razonador venerable, devotamente inclinado ante los altares de la democracia, que nos lanza un sermón sobre la sagrada inviolabilidad de la vida humana y habla con todo respeto sobre la seductora política de Scheidemann, de Vandervelde y, sobre todo, de su sobrino Jean Longuet. En una palabra, convertido a la sabiduría por la experiencia, Marx no es más que un bravo y honrado partidario de Kautsky.

De la inmortal La guerra civil en Francia, cuyas páginas reviven con particular intensidad en nuestra época, Kautsky no cita más que un pequeño número de líneas, aquellas en las cuales el profundo teórico de la revolución social traza un paralelo entre la generosidad de los comuneros y la ferocidad burguesa de los versalleses. Estas líneas han sido laceradas por Kautsky, que no las ha dejado más que en un sentido general. ¡Marx, predicador de una caridad abstracta, apóstol de la filantropía universal! Dijérase que se trata de Buda o de Tolstói. Para reaccionar contra una campaña de calumnias internacionales que trataba de presentar a los comuneros -a los defensores y mujeres de la Comuna- como seres prostituidos; contra estas infames calumnias que atribuían a los vencidos rasgos de salvajismo, fruto de la imaginación pervertida de los burgueses triunfadores, Marx daba a conocer y subrayaba algunos actos de clemencia y de grandeza de alma, que, a decir verdad, no eran generalmente sino las consecuencias lamentables de cierta irresolución en la conducta de los comuneros. Se concibe, por lo demás, que Marx haya procedido así: de hacerlo, continuaba siendo fiel a sí mismo. No era ni un pedante vulgar ni el procurador de la revolución: al trazar un análisis puramente científico de valor de la Comuna, sabía hacer de paso una apología de la revolución. No se contentaba con explicar y criticar; defendía, combatía también. Pero cuando hacía resaltar la clemencia de la Comuna que había perdido la partida, no tenía duda alguna sobre las medidas que para ganar esta misma partida habría de tomar una futura Comuna.

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