Embajadas literarias by Rafael Barrett — Read

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Europa ha enviado recientemente a Sud América dos embajadores literarios: Anatole France y Vicente Blasco Ibáñez. En su carácter representativo, no han juzgado oportuno mostrarse demasiado personales, y han hecho lo posible por no asustar a los tímidos porteños. Meses antes de venir, France tranquilizaba a las damas bonaerenses. «Las señoritas, decía, podrán escuchar mis conferencias sobre Rabelais sin ruborizarse». En resumidas cuentas, el autor de Crainquebille no ha enriquecido mucho su fortuna de estilista con el viaje a la Argentina. No importa; lo esencial era ver y oír al emperador del pensamiento contemporáneo. Ver su barbita blanca, y oír el timbre suave de su voz. En cuanto a sus palabras, lo mismo eran unas que otras. Ya se sabe que los discursos diplomáticos son anodinos y de una prudencia imponente. Blasco Ibáñez, desde Madrid, se extasiaba con la belleza y con la virtud de las señoras del Río de la Plata. Ha dado en sus conferencias algunas notas discutibles, queriendo demostrar que España no fue dura al reventar a los indios, y que los sudamericanos son muy españoles. Basta, sin embargo, vivir una semana en Buenos Aires para convencerse de que aquello es una olla cosmopolita, tan española como italiana o yanqui. Queda la lengua… poco más o menos. Letra sin espíritu. El libro de Larreta La gloria de don Ramiro, páginas castizas, no prueba nada. En París hay quien hace tragedias perfectamente griegas, y poemitas perfectamente japoneses. Blasco Ibáñez se ha creído obligado a ciertas amabilidades inexactas. Bien. Su elocuencia, como la de Ferri -fatalidad de parlamentarios- pareció de lugares comunes. O las localidades parecieron excesivamente caras; es lo mismo. Brindis de protocolo, convencionalismo cordial. Pero sería tonto haber esperado de ambos personajes algo que añadir a sus obras, más baratas -¡oh ironía!- que las plateas del Odeón.

Un matiz a favor de Anatole France: en su conferencia última, sin apearse de su cortesía parisiense, sacó las uñas. ¡Loor al maestro! «Sus leyes son sabias, dijo al elegante público, y hasta se dice que las aplican desde hace algún tiempo… Sean buenos, sean justos, sean generosos… Tienen que resolver grandes problemas económicos. El estado de sitio es un expediente a veces cruel; no es una solución… No será posible resolver los conflictos siempre por la fuerza material… Los pueblos que llamamos bárbaros (atención Roca, pacificador de tribus) no nos conocen sino por nuestros crímenes… Es un triste destino para un pueblo el que a una democracia laboriosa sustituya una oligarquía financiera… ¡Plegue al porvenir que la riqueza del pueblo deje de ser una riqueza de clase!».

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