Los magos by Emilia Pardo Bazan — Read

Explore "Los magos" by Emilia Pardo Bazan on Textopian. Read with annotations and highlights.

En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz de la Estrella, los Magos, á fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de olivos y setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les movió á cambiar de propósito: la ciudad de Samaria era el punto más peligroso en que podían hacer alto. Acababa de reedificarla Herodes sobre las ruinas que habían hacinado los soldados de Alejandro el macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que hacía poco trocaron la espada corta por el arado y el bieldo: gente toda á devoción del sanguinario Tetrarca, y dispuesta á sospechar del extranjero, del caminante, cuando no á despojarle de sus alhajas y viáticos.

Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos sembrados de trigo, evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaba la entrada triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol, y en las inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la blancura de las rocas, quemaban los ojos. «Ahí no encontraremos sino pozos y cisternas, y yo quisiera beber agua que brotase á mi vista», murmuró, revolviendo contra el paladar la seca lengua, el anciano rey Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más aún que las fauces, y se acordaba de los anchos ríos de su amado país del Irán, de la sábana inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de Bactegán, en cuyas sombrosas márgenes triscan las gacelas. La llanura, uniforme y monótona, se prolongaba hasta perderse de vista: campos de heno, planicies revestidas de espinos y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la perspectiva del horizonte; en el cielo, de un azul de ultramar, las nubes ensangrentadas del Poniente devoraban el resplandor de la Estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el rey negro, desciende de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos, arrodillándose sin reparo de manchar de polvo su rica túnica de brocado de plata, franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real, coge un puñado de arena y lo lleva á los labios, implorando así:

Reading navigation