Explore "Juvenilia" by Miguel Cané on Textopian. Read with annotations and highlights.
Otra vez, Corrales. No puedo resistir al deseo de presentar a mi condiscípulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado que todo aquel que haya pasado algunos años dentro de los muros de un colegio, reconocerá a primera vista. -- Es el cabrión, el travieso, el mal estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y delitos. -- De un espíritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna satisfacción, gritando como veinte en el recreo, dejando grabado su nombre en todas las mesas, gracioso, chispeante en la conversación, llena de la sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de aprender, de asimilarse una noción científica cualquiera. -- Corrales inventaba trampas, aparatos para robar uvas, lazos corredizos admirables para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros, las botellas simétricamente colocadas sobre una mesa en el patio del cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos dormitorios, botellas que su dueño destinaba a festejar la fiesta del patrono; -- Corrales sabía abrirse la puerta del encierro sin fractura visible, pero Corrales jamás pudo comprender ni creer que el valor de los ángulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no por la longitud de éstos.
Las matemáticas, como toda noción racional por lo demás, eran para él abismos sin fondo en los que su cráneo de chorlo se mareaba. Era feísimo, picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante, obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jamás abiertos, eran los más sucios y deshechos del colegio. Algunas veces, cuando la cosa apuraba, venía a que le explicáramos un teorema, con claridad, sin prisa y dándole el derecho de preguntar, sin límites. Era inútil; no tenía la noción del ángulo recto. -- En clase pasaba el tiempo en tallar su banco, que se iba convirtiendo en un escaño digno del Berruguete, -- en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de retener el humo en el pecho durante cinco minutos, en hacer flechas, cuerdas de goma de botín que, fijadas en el índice y el pulgar, lanzaban al techo una bola de papel mascado que se adhería a él, sosteniendo por un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos, navíos primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el curso. -- No había casi día, en la clase de Jacques, que Corrales escapara a las vigorosas arremetidas del sabio. -- Pero Corrales, familiarizado ya con ese procedimiento, había resuelto emplear en su defensa una de sus artes más estudiadas: Corrales "canchaba" maravillosamente. Un pie adelante, con el cuerpo encorvado, durante los recreos, ni los "grandes" conseguían tocarle el rostro; tenía la agilidad, la vista del compadrito y sus mismos dichos especiales. -- Así, cierto día que Jacques nos explicaba que los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos, Corrales, oyendo como el ruido del viento la explicación, desde los últimos bancos de la clase, estaba profundamente preocupado en construir, en unión con su vecino el cojo Videla, que le ayudaba eficazmente, un garfio para robar uvas de noche. De pronto Jacques se detiene y con voz tonante exclama: "Corrales, tú eres un imbécil y tu compadre Videla otro: ¿cuánto valen los dos juntos?" -- "¡Dos rectos!" -- contestó Corrales, que tenía en el oído esas dos palabras tan repetidas durante la explicación y sin darse cuenta, en su sorpresa, de la pregunta de Jacques. Este se le fué encima y nos fué dado presenciar uno de los combates más reñidos del año.