Juvenilia by Miguel Cané — Read

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Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me refiero al famoso 22 de Abril 1863, en que "crudos y cocidos" estuvieron a punto de ensangrentar la ciudad, los cocidos por la causa que los crudos hicieron triunfar en 1880 y recíprocamente. Yo era crudo y crudo "enragé". Primero, porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales, Horacio, era como mi hermano mayor, tenían esa opinión, según leía de tiempo en tiempo, en la "Tribuna" -- y en segundo lugar, porque la mayor parte de los provincianos eran cocidos. -- Queda entendido que yo me daba una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había tenido que sostener mis opiniones a moquetes más de una vez, la convicción había concluído por arraigarse en mi espíritu.

El día citado había una excitación fabulosa en el Colegio; después de muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos instalamos en la calle Moreno. Fué allí donde presencié por primera vez en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal era el movimiento vertiginoso que le imprimía. -- Mi primera intención fué huir, pero tuve vergüenza, porque uno de mis compañeros, que tenía fama de bravo en el Colegio, se había acercado, por el contrario, para presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo, porque la habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo. -- El heridor huyó; yo debía estar muy pálido, porque recuerdo que durante un mes el grito del caído vibró en mi oído.

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