Explore "El Papa del mar" by Vicente Blasco Ibáñez on Textopian. Read with annotations and highlights.
El nacimiento del Cisma Rosaura siguió con sus ojos a un grupo de viajeros, que atravesando la plaza del palacio subía por la escalinata de éste. Eran las diez de la mañana. -Gente para nuestro amigo el felibre- dijo sonriendo. El «idealista» va a empezar sus discursos ante los ventanales y entonará su canción a Magalí en la Gran Capilla. Borja acogió con un gesto de indiferencia el recuerdo del guía verboso. Estaba ocupado en explicar a su compañera cómo el sexto y el séptimo Papa se alejaron de Aviñón, dando origen sin quererlo, el último de los dos, a la larga pelea eclesiástica llamada el Gran Cisma de Occidente. Habían salida del hotel, por creer más oportuno el joven hablar de todo esto frente al palacio o paseando por los jardines que embellecen ahora el peñasco de Doms, árido y feo en otros siglos, situado entre la vivienda de los Pontífices y el Ródano. Las Grandes Compañías, tropas de mercenarios licenciados, representaban un peligro para los Pontífices. Saqueaban abadías y pueblos, y la ciudad del Ródano, famosa por sus riquezas, era el principal objeto de sus asechanzas. Para defenderla se veían obligados los Papas a mantener un ejército extraordinario, gastando además gran parte de sus rentas en construir fortalezas. Así habían surgido del suelo los hermosos baluartes de Aviñón. -El famoso Duguesclin-continúo-, héroe do la historia francesa, que fue algo bandido, como todos los hombres de armas de entonces, venía con sus tropas a situarse en las inmediaciones de esta ciudad. El pretexto era solicitar para él y sus soldados la bendición del Papa, pero exigiendo encima un tributo enorme, una especie de rescate, merced al cual se comprometía a seguir adelante sin daño para el Pontífice, y éste tuvo que aceptar tan costosa humillación. Por culpa de las Grandes Compañías se sentían los Papas tan inseguros junto al Ródano como en Italia. Del otro lado de los Alpes seguían llegando reclamaciones y consejos de los que deseaban la traslación de las Santa Sede a Roma. Petrarca, ya anciano, repetía desde su retiro de Arqua las mismas imprecaciones de su juventud. Los escritores italianos le hacían coro, calumniando las costumbres de la corte de Aviñón y la conducta de los papas. Al fallecer Clemente VI, el más famoso de ellos, a causa de una dolencia corriente, todos en Italia propalaban que su muerte era debida, a una enfermedad vergonzosa.
Las campanas del cardenal Albornoz habían pacificado los Estados de la Iglesia. El Papa podía vivir en Roma con tranquilidad, según afirmaban los romanos. La futura Santa Brígida, una condesa sueca que hablaba siempre en nombre de Dios y había visitado el purgatorio y el infierno para describirlos en sus libros, se unía a este coro de protestas. -Amaba a Italia como una turista de nuestro tiempo; veía en Roma o en Nápoles, lo que le hacía considerar la causa de los italianos como propia. Urbano V no pudo resistirse a esta continua sugestión venida del otro lado de los Alpes, y decidió transferir la Santa Sede a Roma. Quiso además aprovechar la circunstancia de que Duguesclin había pasado a España para hacerle la guerra a don Pedro el Cruel y entronizar a su hermano bastardo don Enrique de Trastamara, lo que purgó el Mediodía de Francia de las famosas Compañías. Sin esto el viaje hubiera resultado peligroso. El séquito papal llevaba valiosos objetos del tesoro de los Pontífices y respetables cantidades de dinero. Los aventureros habrían solicitado otra vez la bendición del Papa, guardándolo preso para apoderarse de sus riquezas.