Cuarto sermón by Manuel Gutiérrez Nájera — Read

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«EN AQUEL TIEMPO vino Jesús a una ciudad de Samaría llamada de Sicar, vecina a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Aquí estaba la fuente de Jacob. Jesús, pues, cansado del camino, sentóse así sobre el brocal de este pozo. Era ya cerca la hora de sexta. Vino una mujer samaritana a sacar agua. Díjole Jesús: Dame de beber. (Es de advertir que sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar que comer). ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí que soy semaritana? (Porque los judíos no comunicaban con los samaritanos). Díjole Jesús en respuesta: Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber"; puede ser que tú le hubieras pedido a él, y él te hubiera dado agua viva. Dícele la mujer: Señor, tú no tienes con qué sacarla, y el pozo es profundo: ¿Dónde tienes, pues, esa agua viva? ¿Eres tú por ventura mayor que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo del cual bebió él mismo, y sus hijos y sus ganados? Respondióla Jesús: Cualquiera que bebe de esta agua, tendrá otra vez sed; pero quien bebiere del agua que yo le daré, nunca jamás volverá a tener sed: antes el agua que yo le daré, vendrá a ser dentro de él un manantial de agua que manará hasta la vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame de esa agua, para que no tenga yo más sed ni haya de venir aquí a sacarla. Pero Jesús le dijo: Anda, y llama a tu marido, y vuelve acá. Respondió la mujer: Yo no tengo marido. Dícele Jesús: Tienes razón en decir que no tienes marido, porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido. En eso la verdad has dicho. Díjole la mujer: Señor, ya veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalem está el lugar donde se debe adorar. Respondióle Jesús: Mujer, créeme a mí: ya llega el tiempo en que ni en este monte ni en Jerusalem adoraréis al padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis. Pero nosotros adoramos lo que conocemos: porque la salud procede de los judíos. Pero ya llega tiempo, ya estamos en él, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y por lo mismo los que le adoran, en espíritu y en verdad deben adorarle».

Esto, mis señoras, dice el Evangelio que, de seguro leísteis el viernes último en vuestro devocionario forrado de terciopelo color de oro viejo. Eso dijo el mismo Dios, y uno de sus ministros más elocuentes (y más amables porque es francés), el padre Didon, dice lo que sigue en su flamante y hermoso libro Jesucristo:

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