Explore "Halma" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Siempre que entraba D. Manuel, después de larga ausencia de medio día o día entero, en el cuarto de su noble amiga la Condesa de Halma, engontrábala sumergida en una melancolía profunda y tenebrosa, como nadadora que bucea en una cisterna. Abierto sobre la falda el libro de la Ciudad de Dios, de San Agustín, o alguna otra obra mística; apoyada la mejilla en la mano derecha, el codo del mismo lado sostenido en la mano izquierda y esta en la rodilla derecha, que se elevaba por tener el pie sobre un taburete, parecía un Dante pensativo, revolviendo en su mente los círculos negros del Infierno, o los luminosos del Paraíso. Viéndola en tales tristezas negada, silenciosa y ceñuda, procuraba D. Manuel alegrarle los ánimos con su grata conversación, y unas veces lo conseguía y otras no. Pues aquella tarde ¿cual no sería la sorpresa del simpático Flórez al encontrar a su ilustre amiga en un estado de inquietud placentera? No daba crédito a sus ojos viéndola en pie, corriendo de un lado a otro de la estancia, como si arreglara y pusiera en orden los libros y objetos de devoción que en varios estantillos tenía. Y lo más extraño era que en su rostro resplandecían la animación, la vida. Sus ojos, siempre apagados, brillaban con fulgor de fiebre; sus mejillas, siempre macilentas, habían tomado un rosado tinte, como si volviera de un paseo por el campo, harta de sol y de aire.
«¿Qué tiene usted, mi noble y santa amiga? -le preguntó el sacerdote. ¿Qué le pasa?».