Halma by Benito Pérez Galdós — Read

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Al día siguiente, hallándose el salvaje en la huerta, sintió el trote de un caballo. Creyendo que se aproximaba D. Remigio, miró con sobresalto. Pero no; era Láinez, el médico de San Agustín, que iba dos veces por semana a Pedralba, a celebrar consulta para todos los pobres circunvecinos. Habíale ajustado la señora para este servicio, temporalmente, mientras se arreglaba la instalación de un médico fijo en la casa, para visitar y asistir a los enfermos de todo el término. Se conocían los días de Láinez en que desde el amanecer asomaban por aquellos vericuetos innumerables personas de cara hipócrita, lisiados y cojos, unos con los ojos vendados, otros con la mano en cabestrillo, este llevado en un carro, aquel arrastrándose como podía. La consulta duraba toda la mañana, y por la tarde visitaba el doctor, por encargo expreso de la Condesa, a los enfermos que vivían más próximos.

Saludó Urrea cortésmente al médico cuando a su lado pasó, y estuvo por preguntarle: «¿Tiene usted que decirme algo por encargo de don Remigio?». Pero como Láinez no hizo más que contestar fríamente al saludo, volvió el joven a su trabajo, silencioso y triste: «Vamos a platicar un poquito con la tierra» se decía, moviendo con fuerte brazo la pala o el azadón. Y era verdad que hablaban tierra y hombre, él contándole sus penas, ella diciéndole algo de sus misterios impenetrables. Pero como la tierra es tan discreta, que no revela nada de lo que con ella hablan ni los muertos ni los vivos, ignoro lo que se comunicaron hombre y tierra.

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