Zapata y la Revolución Mexicana

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Son asuntos de familia.

La gran revolución que Madero había iniciado en 1910 tardó toda una década en terminar. Como al principio fue un movimiento moderado, hubiese podido ser sofocada pronto mediante arreglos y compromisos parlamentarios y ministeriales. Pero los Científicos temían a las conciliaciones y permitieron que Huerta sacase por la fuerza el movimiento de los tratos políticos regulares. En protesta y rebelión, los revolucionarios formaron legión y se volvieron militantes y, al alcanzar la victoria, en 1914, sólo ellos se quedaron con el poder, disputando únicamente entre sí mismos, pero tan tremendas fueron las energías populares despertadas en la lucha, que ni siquiera la Constitución radical de 1917 proporcionó algo más que un arreglo provisional. Es verdad que, por aquel entonces, la revolución había terminado en lo esencial. Salvo por Carranza, las principales figuras públicas eran hombres de poca importancia o de los que no se había oído hablar siete años antes. El ejército era nuevo, lo mismo que casi toda la burocracia. También lo eran las escuelas, los periódicos y el orgullo patriótico. La agricultura, fundamento del país, estaba en nuevas manos. Pero habiendo llevado el movimiento hasta estos extremos, Carranza no pudo establecerlo como un régimen. Ningún terrateniente patilludo, ningún senador ex porfiriano, ningún presidente que a los 60 años parecía un Porfirio Díaz de 80 podía sujetar el espíritu de la revolución y trocarlo en una causa cautivadora. Durante la administración de Carranza el estado de ánimo característico de los nuevos dirigentes nacionales era una impaciencia que rayaba en la desesperación, el asco y el cinismo; hasta quienes mantenían la paz oficial lo hacían a regañadientes. Hasta que un héroe popular se convirtiese en presidente, hasta que los hombres comunes pudiesen fijar las normas de sus propias vidas espléndidamente magnificadas en la vida del jefe, no podrían los nuevos dirigentes reavivar las esperanzas que el pueblo había puesto en la revolución y volver a conquistar su asentimiento. Si no surgía, toda la empresa revolucionaria podría fracasar. En 1920 había llegado el momento de que surgiese.

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