Explore "Lo Prohibido" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Estaba yo en la firme creencia de que Eloísa se presentaría en mi casa a pedirme perdón y a buscar las paces conmigo. Sin mi ayuda su ruina era inmediata. Pero no acerté por aquella vez. Pasaban días, y la viuda no iba a verme. Dos o tres veces, en la calle, la vi pasar en su carruaje, y su mirada dulce y amistosa me decía que no sólo no me guardaba rencor, sino que deseaba una reconciliación. Pero yo quería evitarla a todo trance, impulsado por dos fuerzas igualmente poderosas, el hastío de ella y el temor de que acabara de arruinarme. Huía de todos los sitios donde pudiera encontrarla, pues si me venía con lagrimitas era muy de temer que la delicadeza y la compasión torciesen mi firme propósito.
Ya se acercaba el verano, y yo tenía curiosidad de ver cómo se las arreglaba Eloísa para hacer aquel año su excursión de costumbre; pues de una manera u otra, empeñando sus muebles o vendiendo sus alhajas, ella no se había de quedar en Madrid. Lo que entonces pasó causome viva pena, sin que la pudiera calmar apelando a mi razón. Súpelo por un amigo oficioso, el que designé antes por El Saca-mantecas, por no decir su verdadero nombre. Aquel condenado fue a verme una mañana, y se convidó a almorzar conmigo so pretexto de hablarme de un asunto que tenía en Fomento, aguardando la resolución del Ministro. Pero su verdadero objeto era llevarme un cuento, un cuento horrible que adiviné desde las primeras reticencias con que lo anunció. Tenía aquel hombre el entusiasmo de la difamación, y sin embargo, lo que me iba a decir era no sólo verosímil sino verdadero, y las palabras del infame arrojaban de cada sílaba destellos de verdad. En mi conciencia estaban las pruebas auténticas de aquella delación, y yo no tenía que hacer esfuerzo alguno para admitirla como el Evangelio. No se valió El Saca-mantecas de parábolas, sino que de buenas a primeras me dijo: