Los parientes ricos by Rafael Delgado — Read

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Al salir de la casa del padre Anticelli, doña Dolores iba preocupada y triste. «¿Por qué, se decía, por qué me ha dicho el padre todas esas cosas? No parece sino que mis hijas son malas; no parece sino que mis sobrinos son unos perdularios. Lo cierto es que ambos tienen sangre ligera. El mayor es más simpático y más parlanchín; el otro es medio romántico y melancólico; los dos son afables, correctos y finos, y no hay motivos para pensar mal de ellos. El padre Anticelli no gusta de la educación que se da en París y, sin duda, que por ese motivo no le han sido simpáticos esos pobres muchachos».

Mas la creencia firme que la dama tenía en la virtud, en el talento y en el mundo del padre Anticelli, la obligaba a pensar muy seriamente en cuanto acababa de decirle el excelente sacerdote. El amor de la dama para su hija Elena era grandísimo, y la desgracia de la joven, ciega desde hacía varios años, a consecuencia de una fiebre, de una enfermedad que, al decir de todo el mundo, no había sido conocida de los facultativos, duplicaba en la madre la ternura con que amaba a su hija. Ésta era buena, sí, muy buena, y nadie tenía motivo para dudar de su buena índole y de su inclinación a la virtud. Elena era viva, cariñosa, afable, hasta dulce, y aunque apasionada e impetuosa en ocasiones, la menor advertencia era bastante para que la ceguezuela entrara en razón. De niña, cuando la reprendían por alguna travesura, por su falta de aplicación en la escuela o por algún capricho suyo que no era conveniente satisfacer, la chiquilla se rebelaba contra la autoridad materna, y rogaba, suplicaba, y volvía a rogar y volvía a suplicar, y a una nueva y terminante negativa, la muchacha exasperada lloraba, gritaba, se mesaba el cabello, y más de una vez arrojó lejos para hacerlo pedazos el primer objeto frágil que tenía delante, un plato, una copa, un vaso, o cualesquiera juguetes de los que había en la sala.

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