Las hijas de los faraones by Emilio Salgari

Explore "Las hijas de los faraones" by Emilio Salgari on Textopian. Read with annotations and highlights.

En la época que Menfis alcanzó su máximo esplendor se alzaban numerosas pirámides en sus alrededores, no menos gigantescas que las que subsisten hoy día y que constituyen en la actualidad motivo de admiración para los viajeros porque el primer cuidado del fundador de cada dinastía era la de prepararse un sepulcro, que sirviera de amparo a su alma y a la de sus descendientes. La construcción de la pirámide comenzaba inmediatamente después de su coronación, evidentemente con no demasiada alegría por parte de sus súbditos, quienes se veían obligados a trabajar fatigosamente años y años, sin percibir estipendio alguno, puesto que los reyes se limitaban a alimentar a aquellos obreros desgraciados con nabos y legumbres, que pese a ello comportaba siempre un enorme gasto puesto que se trataba de dar de comer a millares y millares de bocas, durante bastantes lustros, sin interrupción. Se sabe, por ejemplo, que la construcción de la pirámide de Cheops, que es la mayor de las que subsisten, costó la bagatela de mil seiscientos talentos más o menos, sólo en legumbres… Mientras el rey vivía no se interrumpía la obra, con lo que la pirámide seguía engrandeciéndose al añadirse sin cesar piedras enormes a su alrededor; debido a ello se hacían mayores, más y más, a medida que se prolongaba la vida del soberano. La de Cheops, por ejemplo, es la más colosal porque el rey que la hizo construir vivió cincuenta y seis años tras su subida al trono.

Es una maravilla en su género; mide doscientos veintisiete metros de lado y tiene una altura de ciento treinta y siete, pero se cree que fue mucho mayor y más alta y que su cima fue destruida en parte juntamente con un buen trozo de su revestimiento exterior. Sea lo que fuere, causa una profunda impresión en el viajero debido a su masa enorme y a la grandiosidad de sus líneas y semejante efecto producen sus hermanas menores que se hallan a sus lados, las llamadas de Chefren y Mycerinos, a pesar de que sean bastante más pequeñas. Sin embargo fuera de la maravillosa impresión producida por su tamaño, las pirámides egipcias no tienen nada que pueda interesar al artista, puesto que son masas enormes totalmente lisas, sin ninguna escultura. Los egipcios no tenían intención ciertamente de hacer obras de arte, sino sólo de preparar al rey un refugio seguro, indestructible que pudiese desafiar a los siglos y donde la momia real pudiese descansar sin ser estorbada hasta el fin del mundo. En efecto las pirámides no son otra cosa que sepulcros particulares, semejantes a las mastabas, que se hacían construir los ricos egipcios, comenzadas y continuadas hasta su término según proporciones dignas de sus huéspedes. Como las mastabas, esconden dentro de sus colosales flancos serdab, o sea tortuosos pasadizos, y en su centro se halla la cripta, el lugar destinado a recibir el cuerpo del rey. Esa cripta que se encuentra precisamente en el corazón de la pirámide, no era otra cosa que una pequeña celda tenebrosa, cubierta por una pequeña cubeta de granito rosado, destinada a impedir la caída de la enorme masa de piedras que debía ejercer una presión enorme. Para subsanar el peligro de un hundimiento, los arquitectos egipcios tenían la precaución de construir por encima de la cripta cinco cámaras de descarga, sobrepuestas una a otra, la más alta de las cuales se encontraba apoyada sobre una especie de techa formado por dos bloques inclinados que repartían y aguantaban la presión ejercida por aquella inmensa hilera de piedras. Cámaras sin duda maravillosas, construidas con una solidez a toda prueba, que no cedieron ni un solo centímetro durante millares y millares de siglos y que constituyen el lado verdaderamente extraordinario de la construcción de las pirámides.

Reading navigation