La sucesión presidencial en 1910

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Por esta breve vese- fia histórica comprenderemos que los efectos invariables del absolutismo han sido sumir a los pueblos en la obscura noche de la ignorancia y del fanatismo, haciéndoles perder la noción de su dignidad y olvidar el amor patrio. En efecto, ¿qué amor puede tener a su patria un hombre sin ninguna libertad, víctima de la más odiosa tiranía, no considerándose dueño de nada, pues que hasta los seres más queridos le son arrebatados para poblar los palacios de concubinas y los ejércitos de soldados; no teniendo ni un pedazo de tierra que amar, porque la única regada con su sudor, en vez de ser para él la madre solicita que le alimenta, abriga y hace feliz, no es sino la madrasta ingrata que le hace trabajar sin descanso y apenas le da alimento necesario para no sucumbir de hambre? Sin más ejemplos que los corrompidos de sus príncipes; sin otro alimento para su espíritu que el amarguísimo de verse siempre víctima de la fuerza bruta, y siempre á su vista el premio al éxito y a la fuerza. Los pueblos en estas condiciones, consideran a la fuerza como una divinidad a la cual rinden culto, venga de don de viniere; por eso vemos á los pueblos sujetos al poder absoluto no importarles sufrir yugo extraño, mientras que los pueblos libres defienden su libertad como el don mas precioso, pues con ella está vinculada la propiedad del terreno, el amor a la familia, la satisfacción que encuentran las más nobles ambiciones dentro de una República, puesto que todos pueden aspirar a las mas altas dignidades. El ejemplo más notable de lo anterior, Se encuentra en Roma, vencida en las mas grandes batallas por Aníbal, abandonada por casi toda Italia, que volvió sus armas contra ella, y con los ejércitos victoriosos de su poderoso enemigo a las puertas de la ciudad, luchando con entereza y energía, hasta vencer definitivamente á su formidable adversario. Antes de esa guerra cuya magnitud resonó en el mundo entero, se había visto Roma amenazada de grandes peligros; la población llegó a estar en manos de los galos, y los romanos no eran ya dueños sino del Capitolio. Sin embargo, sus hijos nunca la abandonaron; preferían morir á ser esclavos. Muchos murieron en efecto, dando admirables ejemplos de heroismo, como los ancianos senadores, que no quisieron abandonar la ciudad, y revestidos de sus altas insignias, esperaron en las puertas de sus casas una muerte segura, pero gloriosa; mientras que los más, enardecidos por ejemplo tan sublime, vivieron para salvar a su patria amada y con ella su libertad.

En cambio, esa gran nación abdicó de su libertad en manos de sus audaces guerreros; que establecieron el poder absoluto; el pueblo perdió sus propiedades territoriales, que ensancharon los dominios de los magnates, vid como le arrancaban á sus hijos, que ibana morir en lejanas tierras, sus hijas a perder la honra en las suntuosas man bienes de los agraciados de la fortuna. Su libertad la per did poco á poco; ya no fué el mérito el factor necesario para ocupar puestos públicos, sino el servilismo, la adulación, la bajeza; el que no adulaba no medraba, el que no se arrastraba no subía; era preciso imitar al vii gusano para elevarse por las antesalas de palacio, en vez del vuelo majestuoso del águila, porque ella hubiera presentado un bian co infalible para las certeras flechas de la tiranía. Resultado: el poder fué á dar a las manos más viles; el pueblo se degradó, se entregó al vicio, imitando á las clases directoras, y al invadir unas cuantas tribus de bárbaros el imperio romano, encontraron al pueblo sin deseos de defenderse, pues para el lo mismo era sufrir el yugo propio que el extraño. En cuanto á sus emperadores, degenerados por la corruptora influencia del poder, tatnpoco tuvieron energía para luchar; sólo intentaron detener la invasión corrompiendo a los jefes delas tribus invasoras, mandándoles presentes valiosos, pagándoles tributos que no hacían sino fortalecer al enemigo y no consiguieron con esos paliativos humillantes, sino retardar por unos cuantos años la ruina del imperio.

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