Explore "La sucesión presidencial en 1910" by Francisco I. Madero on Textopian. Read with annotations and highlights.
A la muerte de nuestro gran- de hombre, subid al poder con aplauso de toda la Nation el eminente jurisconsulto Don Sebastián Lerdo de Tejada, que había prestado importantísimos servicios a la República, siendo uno de los ministros de Juárez, a quien acompañó en su larga y penosa peregrinación por los Estados del Norte, como uno de sus mas firmes á inteligentes colaboradores. Era gran orador, de brillantísima inteligencia y de una honradez acrisolada; pero le faltaba aquella energía, aquel prestigio, aquel tacto superior que constituían la fuerza de Juárez. El Señor Lerdo, acostumbrado á ver que las mayores tempestades no acertaban a desviar el rumbo con que marchaba la nave del Estado y.que imperturbablemente seguía esta su derrotero, llegó a creer que el gobierno legitimo era invulnerable, nunca comprendió el peligro que corría su administration, y hasta en los últimos momentos estuvo adormecido por esperanzas tan alagiienas como infundadas. Con este motivo, no tuvo el tacto necesario para tratar a sus subordinados, sin tener en cuenta que con su conducta disgustaba a muchos altos militares, a multitud de hombres prestigiados que iban a engrosar las filas de los descontentos, los cuales reconocían como Jefe al General Porfirio Díaz, quien una vez lanzado en la funesta pendiente de las revueltas, tenía que vencer definitivamente á morir, pues no era hombre que se contentara con los términos medios El Señor Lerdo pudo tener a su disposición el remedio para calmar a los descontentos, satisfacer la ambition á la necesidad de quienes lo abandonaban, premiar a los militares que habían derramado su sangre en defensa de la patria y sacar al tesoro nacional de la penuria en que se encontraba. El remedio era aceptar algunas ofertas que le hacían financieros extranjeros para la emisión de un empréstito; pero rehusó esas ofertas por juzgar las operaciones que le proponian, onerosas para lana tien, y no podía ser de otro modo, pues era bien sabido que el General Díaz conspiraba constantemente, lo cual constitute una amenaza perenne para la paz pública, y eso atemorizaba a los capitalistas extranjeros. Lerdo de Tejada, con altísimas miras, se preocupaba mas por el porvenir de la Patria que por asegufar su administración. No cabe duda que tudesca una gran falta, pues si hubiera asegurado la tranquilidad del país, aun á costa de un empréstito oneroso, hubiera hecho más bien a la Patria que dejando tanto descontento en la pobreza, pues éstos constituían una amenaza constante para el orden publico. Sin embargo, ahora juzgamos después de pasados los acontecimientos; pero indudablemente esa medida aislada no hubiera salvado la situación, la cual provenía de que el Señor Lerdo no tenía un carácter á propósito para gobernar en aquellas circunstancias. Si hubiera lanzado el empréstito y enriquecido á algunos de los patriotas, habrían tenido pretextos de más peso y algunos visos de razón en levantarse los que tal hicieron, puesto que de todos modos permanecerían descontentos por ser su ambition difícil de satisfacer. Lo que se necesitaba para poner orden en aquel caos, era la mano de hierro de Juárez, [que demasiado pronto abandonó este mundo! , No pudiendo recurrir el señor Lerdo, por temperamento, á medios que el juzgaba peligrosos, la revolución era inevitable, pues de continuo aumentaban las filas de los descontentos, que abiertamente conspiraban en la capital de la República y aun en el mismo Palacio Nacional.
El General Díaz anduvo mucho tiempo oculto, sufriendo mil aventuras, y si esto demuestra que es un hombre intrépido y afortunado, demuestra igualmente su invencible tenacidad; había sonado con la Presidencia de la República y tenía que valerse de cuantos medios estuvieran a su alcance para lograr su objeto y saciar su ambición de gobernar. En las elecciones presidenciales resultó reelecto el señor Lerdo de Tejada; y éste, para satisfacer las necesidades siempre crecientes del erario, había promulgado la ley del timbre; ley equitativa que reparte automáticamente el impuesto en proportion á las opsraciones mercantiles de cada contribuyente. Es cierto que en algunos Estados hubo presión en las elecciones, pero nos han referido personas, en aquella campana porfiristas, que á pesar de la presencia en sus pueblos de fuerzas federales, ganaron ellos las elecciones, lo cual demuestra que la presión no fué tan grande ni constituyó un obstáculo invencible para que la Nación hubiera votado en contra del señor Lerdo, en caso de no estar satisfecha con sus servicios.