Explore "La letra escarlata" by Nathaniel Hawthorne on Textopian. Read with annotations and highlights.
DESPUÉS de su regreso á la cárcel fué tal el estado de agitación nerviosa de Ester, que se hizo necesaria la vigilancia más asidua para impedir que intentase algo contra su persona, ó que en un momento de arrebato hiciera algún daño á la pobre criaturita. Al acercarse la noche, y al ver que no era posible reducirla á la obediencia ni por medio de reprensiones ni de amenazas de castigo, el carcelero creyó conveniente hacer venir á un médico, que calificó de hombre muy experto en todas las artes cristianas de ciencias físicas, y que al mismo tiempo estaba familiarizado con todo lo que los salvajes podían enseñar en materia de hierbas y raíces medicinales que crecen en los bosques. En realidad, no solamente Ester, sino mucho más aún la tierna niña, necesitaban con urgencia los auxilios de un médico; la niña, que derivaba su sustento del seno maternal, parecía haber bebido toda la angustia, desesperación y agitación que llenaban el alma de su madre, y se retorcía ahora en convulsiones de dolor. Era, en pequeña escala, una imagen viva de la agonía moral por que había pasado Ester durante tantas horas.
Siguiendo de cerca al carcelero en aquella sombría morada, entró el individuo de aspecto singular cuya presencia en la multitud había causado tan honda impresión en la portadora de la letra escarlata. Lo habían alojado en la cárcel, no porque se le sospechase de algún delito, sino por ser la manera más conveniente y cómoda de disponer de él hasta que los magistrados hubieran conferenciado con los jefes indios acerca del rescate. Se dijo que su nombre era Rogerio Chillingworth. El carcelero, después de introducirlo en la habitación, permaneció allí un momento, sorprendido de la calma comparativa que había causado su entrada, pues Ester se había vuelto inmediatamente tan tranquila como la muerte, aunque la criaturita continuaba quejándose.