La letra escarlata by Nathaniel Hawthorne — Read

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HASTA ahora apenas hemos hablado de la niña; de la criaturita cuya inocente vida parecía una bella é inmortal flor brotada en medio de la excesiva lozanía de una pasión criminal. ¡Cuán extraña se presentaba esa niña á los ojos de la triste mujer, á medida que ésta contemplaba el desarrollo y la hermosura, cada vez más brillante, y la inteligencia que iluminaba con sus trémulos rayos las delicadas facciones de su hija, de su Perla! Tal era el nombre que le había dado Ester, no porque tuviese analogía alguna con su aspecto, pues no tenía nada del blanco, tranquilo y frío lustre que podría indicar la comparación; sino que la llamó "Perla," por haberla obtenido á un gran precio, por haberla comprado en realidad con todo lo que ella poseía, con lo que era su único tesoro. ¡Cuán singular era todo esto! El hombre había hecho patente la falta de esta mujer por medio de una letra escarlata dotada de tan grande y desastrosa eficacia, que impedía que aquella fuera objeto de las simpatías humanas, á no ser de personas igualmente culpables. Pero la naturaleza, en compensación de esta falta que el hombre había castigado, la dotó de una niña encantadora, que reposaba en aquel mismo seno infamado por la ley, para poner por siempre á la madre en relación con la raza humana, y para que llegara al fin á ser un alma escogida en el cielo. Sin embargo, estas ideas llenaban la mente de Ester con sentimientos de temor más bien que de esperanza. Sabía que su acción había sido mala, y por lo tanto no podía creer que sus resultados fueran buenos. Con creciente sobresalto contemplaba el desarrollo de la criatura, temiendo siempre descubrir alguna peculiaridad sombría y extraña, que guardara correspondencia con la culpa á que debió el ser.

Defecto físico no había ninguno en la niña: por su forma perfecta, por su vigor y la natural agilidad en el uso de sus tiernos miembros, era digna de haber nacido en el Edén; de haber sido dejada allí para que jugara con los ángeles, después de la expulsión de nuestros primeros padres. Poseía una gracia ingénita que no siempre acompaña á la belleza perfecta: su traje, á pesar de su sencillez, despertaba en el que la veía la idea de que era precisamente el que más le convenía. Pero la tierna Perlita no estaba vestida con silvestres hierbas. Su madre, merced á cierta tendencia mórbida, que más adelante se comprenderá mejor, había comprado las telas más ricas que pudieran procurarse y daba rienda suelta á su fantasía creadora en el arreglo y adorno de los vestidos de la niña, cada vez que ésta se presentaba en público. Tan magníficamente lucía aquella criaturita ataviada de esa suerte, y era tal el esplendor de la propia belleza de Perla, brillando al través de los trajes vistosos que habrían podido apagar una hermosura mucho menos radiante, que puede decirse que en torno suyo se formaba un círculo de fulgente luz en el suelo de la obscura cabaña. El aspecto de Perla tenía un encanto de infinita variedad: en aquella niña se compendiaban y resumían muchos niños, comprendiendo desde la belleza á manera de flor silvestre de un niño campesino, hasta la pompa, en escala menor, de una princesita. En toda ella había sin embargo algo de apasionado, una cierta intensidad de color de que nunca se despojaba; y si en alguno de sus cambios ese color se hubiera vuelto más débil ó más pálido, habría cesado de ser ella, no habría sido Perla.

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