Explore "Breve historia de la Revolución Mexicana" by Felipe Ávila on Textopian. Read with annotations and highlights.
Derrotado el villismo, que significaba el único desafío real, a escala nacional, a la hegemonía constitucionalista, el movimiento encabezado por Carranza pudo reconstituir el poder del Estado central. Por primera vez, desde la caída de Porfirio Díaz, parecía posible alcanzar la paz y la estabilidad a lo largo y ancho del territorio nacional y reactivar tanto las maltrechas ramas productivas de la economía, como el funcionamiento pleno de la administración pública en sus distintos niveles. Era necesario, para ello, someter a los movimientos locales que desafiaban al gobierno central, como el zapatismo en Morelos, los restos del villismo en el norte, o el control ejercido por Manuel Peláez en la zona petrolera de Las Huastecas, así como los focos de resistencia que caudillos locales mantenían en regiones de Oaxaca, con el movimiento soberanista, o en Chiapas, Veracruz y Tabasco donde Félix Díaz continuaba hostilizando al gobierno federal, y en Michoacán, donde grupos anticarrancistas seguían ofreciendo una pertinaz aunque estéril resistencia al triunfo indiscutible del constitucionalismo. Era preciso, también, redefinir las alianzas con los poderes y caudillos regionales, que habían adquirido gran relevancia ante la desaparición del Estado central en 1914 y la guerra civil entre los revolucionarios en 1915, y restaurar el tejido social dañado por cinco años de guerra civil. Y, finalmente, era indispensable que el proceso revolucionario, una vez que tenía un triunfador indiscutible, iniciara la reconstrucción nacional y redefiniera el rumbo y las instituciones del país, a través de un nuevo pacto social que resolviera las principales demandas que habían originado la revolución o que habían emergido durante ella. Ese nuevo pacto social tendría que expresar la nueva realidad nacional, las relaciones entre las principales clases y grupos sociales, el papel del Estado y de las instituciones, el marco jurídico y los principios fundamentales del país que emergía luego del cataclismo revolucionario.
Ante ese panorama, Carranza salió de Veracruz el 2 de octubre de 1915, donde había permanecido desde la ruptura con la Convención, para iniciar una gira por el norte del país en la que demoró seis meses. Concluida, entró nuevamente a la ciudad de México el 15 de abril de 1916. En la capital, se hizo cargo del Poder Ejecutivo nacional y comenzó la reconstrucción del poder soberano, que se había fragmentado en múltiples soberanías regionales dominadas por los principales caudillos y movimientos revolucionarios. La primera tarea de Carranza, luego de su victoria sobre Villa, fue la de restablecer el poder del Estado central. Para ello, el Primer Jefe ratificó en su cargo a los generales que habían consolidado su dominio en los estados donde había tenido más fuerza el constitucionalismo: Plutarco Elías Calles en Sonora; Rafael Iturbe en Sinaloa; Manuel M. Diéguez en Jalisco. Asimismo, distribuyó a varios de sus principales jefes militares y colaboradores civiles, con el fin de que se hicieran cargo del gobierno de las entidades federativas que ya estaban pacificadas. Carranza llevó a cabo esa labor siguiendo patrones diferentes: en los estados del noreste y del centro norte, donde había surgido el constitucionalismo y seguía siendo su principal área de influencia, puso al frente de los gobiernos locales a subordinados suyos con reconocimiento popular en esas regiones, como Gustavo Espinosa Mireles en Coahuila, o Rafael Cepeda en San Luis y Pastor Rouaix en Durango, quienes pusieron en marcha políticas reformistas, sobre todo en materia laboral, para ganar legitimidad y apoyo en los sectores populares urbanos.