Breve historia de la Revolución Mexicana

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La Revolución mexicana fue un gran movimiento de masas. Miles de campesinos, de obreros, de trabajadores, artesanos, indígenas, profesionistas, miembros de las clases medias y altas, y gente de los distintos sectores sociales, se incorporaron paulatinamente al llamado de Francisco I. Madero a la revolución. Esa participación masiva se manifestó con su presencia multitudinaria en las calles, pero sobre todo en la incorporación popular a los grandes ejércitos, el maderista, el de Francisco Villa, el de Emiliano Zapata, el de Venustiano Carranza, el de Pablo González y el de Álvaro Obregón, por mencionar sólo a los jefes más importantes. Fueron esos miles de indígenas, de campesinos, de peones, de rancheros, de trabajadores y artesanos, de grupos populares y las clases medias de las ciudades y del campo quienes hicieron que la Revolución mexicana destruyera el régimen porfirista y fueron ellos quienes comenzaron a construir los cimientos del nuevo orden. Esa vasta movilización popular significó un viraje con relación al Porfiriato y a las décadas anteriores, en donde la política estaba restringida a las elites y tenía un carácter marcadamente clasista. Pero además esa movilización popular, por encima de todo, fue vivida como un acontecimiento vital por sus participantes, quienes percibieron y fueron conscientes del efecto inédito y transformador de sus acciones. La gente común que se sumó a la revolución y la que sólo la vio sin participar directamente en la lucha armada, pudo constatar los cambios -impensables antes para esa generación-, que había logrado la movilización popular: derrumbar a un gobierno que parecía imbatible, expropiar a los propietarios, hacer huir a los hacendados y capataces, liberar a los presos, quemar oficinas públicas, ajusticiar a algunos de los opresores más odiados. Un mundo de cabeza producido por la violencia popular. Pero también un mundo nuevo, lleno de esperanzas de un futuro mejor, en el que muchos pueblos recuperaron las tierras que les pertenecían y se pusieron a trabajarlas en libertad y en donde los trabajadores podían confiar en que la nueva relación de fuerzas y los nuevos gobiernos a los que sus acciones habían permitido llegar al poder permitirían la solución satisfactoria a sus añejas demandas.

Las bandas rebeldes proliferaron en Chihuahua desde fines de noviembre y en diciembre de 1910 y en otros territorios del norte, centro y sur del país desde las primeras semanas de 1911. Las acciones violentas también. En varias regiones se dio una inusitada movilización y violencia popular. Uno de los rasgos más sobresalientes fue el de los ataques a comercios, archivos, oficinas de gobierno, telégrafos y cárceles en infinidad de poblaciones pequeñas que estaban a su alcance. A esas acciones siguieron, en algunas regiones, los ataques a las haciendas y quemas de campos de cultivo, así como los ajusticiamientos de policías, jefes políticos y diversas autoridades locales. Esas acciones eran la expresión de un cambio profundo: los marginados y agraviados, por la fuerza de la movilización popular y el poder de la multitud armada, se convirtieron, de víctimas, en jueces y verdugos. La justicia popular que aplicaron sus jefes militares o la multitud desbordada que lo hacía por propia mano, era una muestra tanto de los agravios de la población contra los signos más visibles del sistema de dominación, como de la debilidad de este, incapaz para mantener el respeto y la obediencia a las leyes, instituciones y autoridades. Esa incapacidad era, además, la constatación de que la movilización popular había invertido la correlación de fuerzas y de que el poder estaba cambiando de manos.

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