México y los Estados Unidos en el conflicto…

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La decisión de expropiar las compañías petroleras extranjeras en México ha sido calificada como la más audaz en el plano internacional a partir del inicio de la Revolución.1 El apoyo que como consecuencia de esta decisión recibió el Jefe del Poder Ejecutivo tenía pocos precedentes en la historia moderna de México. Es verdad que las manifestaciones de masas que se sucedieron inmediatamente después del 18 de marzo, que habrían de repetirse en años subsiguientes, fueron en parte montadas por el régimen. Sin embargo, sobrepasaron los límites de las movilizaciones "hechas" para convertirse en una gran demostración de la unidad alcanzada por prácticamente todos los sectores políticos del país —incluyendo a ciertos grupos empresariales y a la jerarquía eclesiástica— para apoyar a la acción gubernamental. (El acercamiento entre la Iglesia y los gobiernos revolucionarios se había gestado en las postrimerías del gobierno de Calles, pero la expropiación brindó a la Iglesia una magnífica oportunidad para fijar su nueva posición de reconciliación frente al Estado.) Si las colectas populares y la emisión de bonos para indemnizar a las empresas afectadas estuvieron lejos de solucionar el problema económico creado por la nacionalización, fueron en cambio manifestaciones impresionantes de la opinión pública en apoyo de la nueva situación de la industria petrolera.2 Esta casi unánime aprobación de la conducta del Presidente Cárdenas no pasó inadvertida para la embajada norteamericana; en más de una ocasión Daniels informó, tanto a Roosevelt como a Hull y a otras personas, que el apoyo interno a la acción contra las compañías era formidable: ningún poder bajo el sol haría dar marcha atrás a Cárdenas, cuya posición era más sólida que nunca. En su opinión, sólo una severa crisis económica que repercutiera en el ya por sí bajo nivel de vida de las mayorías podría hacer peligrar la estabilidad del gobierno.3 Esta opinión de Daniels fue respaldada por la del cónsul general en la ciudad de México.4 El Departamento de Estado consideró correctas estas apreciaciones y nunca dudó del apoyo general a la decisión de nacionalizar la industria del petróleo.5

1 Henry Bamford Parkes, op. cit., p. 407.

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