Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo a Escipión para repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. «Usted ve -- me dijo -- que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» «¡Viva el señor conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!» «A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dejó morir de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas el conde ya le ha dado una gratificación que usted no se hubiera atrevido a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría mucho -- añadió -- de que los señores de Leiva fuesen testigos de la prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen.» «Tiempo es de noticiársela -- le respondí -- , y de esto iba a hablarte, porque no dudo desearán con mucha impaciencia saber de mí; pero aguardaba para hacerlo a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedaría en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a Valencia cuando quieras a informar a aquellos señores de mi situación actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habérmelo ellos persuadido, jamás me hubiera determinado a volver a Madrid.» «¡Oh mi amado amo -- exclamó el hijo de la Coscolina -- , qué alegría voy a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! ¡Cuánto diera por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. Los dos caballos de don Alfonso están prevenidos; voy a ponerme en camino con un lacayo de su excelencia, porque, además de que me gusta llevar compañía por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro deslumbra.»

No pude menos de reírme de la necia vanidad de mi secretario, y con todo eso, yo, quizá aun más vano que él, le permití hacer lo que le dió la gana. «Marcha -- le dije -- , y vuelve prontamente, porque tengo que darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que prometí enviarle cien doblones, que tú mismo te obligaste a ponerle en mano propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas.» «Señor -- me respondió Escipión -- , en seis semanas quedarán desempeñados ambos encargos; habré visto a los señores de Leiva, dado una vuelta por vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para la pensión de mi madre y otros ciento para él, deseando que hiciese felizmente el largo viaje que iba a emprender.

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