Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Me fué tan sensible la desgracia de Lucrecia y experimenté tantos remordimientos de haber contribuído a ella, que, considerándome como un infame, a pesar de la elevación del amante a quien había servido, resolví abandonar para siempre el caduceo, y manifestando al ministro la repugnancia que me causaba el llevarle, le supliqué me emplease en cualquier otra cosa. «Santillana -- me dijo -- , me agrada sobremanera tu delicadeza, y pues eres un mozo tan honrado, quiero darte una ocupación más conforme a tu prudencia; óyela y escucha con atención la confianza que voy a hacerte. Algunos años antes de mi privanza -- continuó -- vi por casualidad a una dama que me pareció tan airosa y tan linda que hice la siguiesen. Supe que era una genovesa llamada doña Margarita Espínola, que vivía en Madrid a expensas de su hermosura. Me dijeron también que don Francisco de Valcárcel, alcalde de corte, sujeto anciano, rico y casado, gastaba mucho con ella. Esta circunstancia, que al parecer debiera haberme inspirado desprecio hacia ella, encendió en mí el deseo más vehemente de entrar a la parte en sus favores con Valcárcel.

Para satisfacer este capricho me valí de una medianera de amor, cuya habilidad me facilitó en breve tiempo una conversación secreta con la genovesa, a la que siguieron otras muchas, de manera que tanto mi rival como yo éramos igualmente bien admitidos, gracias a nuestras dádivas, y quizá tendría algún otro galán tan favorecido como nosotros dos.

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