Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Lo primero fué meterme en un encierro, sin más cama que un jergón de paja, como si fuese un reo digno del último suplicio. Pasé la noche, no con el mayor desconsuelo, porque todavía no conocía todo mi mal, sino repasando en mi imaginación qué sería lo que había acarreado mi desgracia. No dudaba fuese obra de Calderón; sin embargo, por más que lo sospechase, no comprendía cómo hubiese podido conseguir que el duque de Lerma me tratase con tanta crueldad. Otras veces me imaginaba que me habrían preso sin noticia de su excelencia, y otras, que este señor mismo me habría hecho arrestar por alguna razón política, como suelen hacer algunas veces los ministros con sus favoritos.

Agitado con estas varias conjeturas, vi, a favor de una luz que entraba por una rendija pequeña, lo horroroso del sitio en donde me hallaba. Me afligí entonces en extremo, y mis ojos fueron dos raudales de lágrimas, que la memoria de mi prosperidad hacía inagotables. Cuando estaba en la mayor aflicción entró en el encierro un carcelero, que me traía para aquel día un pan y un cántaro de agua. Me miró, y viendo que tenía el rostro bañado en lágrimas, aunque carcelero se movió a compasión y me dijo: «¡No se desanime usted, señor preso! ¡Las desgracias de la vida se han de sufrir con resignación! Usted es joven y tras de este tiempo vendrá otro. Entre tanto, coma usted con gusto el pan del rey.»

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