Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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«Presto hará cuatro años que salí de Madrid para Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla, una de las más ricas viudas de Castilla la Vieja y de quien soy único heredero. Apenas llegué a su casa, cuando el amor vino a turbar mi sosiego. Me puso en un cuarto cuyas ventanas daban enfrente de las celosías de una señora a quien fácilmente podía ver, pues eran muy claras y la calle estrecha. No desprecié esta proporción, y me pareció tan bella mi vecina, que quedé apasionado de ella. Se lo manifesté prontamente, con miradas tan vivas que no podían equivocarse. Ella lo conoció, pero no era de aquellas señoritas que hacen gala de semejante observación, y todavía correspondió menos a mis señas.

»Quise saber el nombre de aquella peligrosa persona que tan prontamente trastornaba los corazones, y supe se llamaba doña Elena, que era hija única de don Jorge de Galisteo, que poseía a algunas leguas de Coria una hacienda de mucho producto; que se le presentaban frecuentemente buenos partidos, pero que su padre los despreciaba todos, con la mira de casarla con don Agustín de la Higuera, su sobrino, el que, con la esperanza de este casamiento, tenía libertad de ver y hablar todos los días a su prima. No me desalenté por eso; antes bien, se aumentó en mí el amor, y el orgulloso placer de desbancar a un rival, amado quizá, me excitó más que mi amor a llevar adelante mi empresa. Continué, pues, mirando cariñosamente a mi Elena. Envié también emisarios a Felicia, su criada, para solicitar su mediación.

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