Los perros del destino by Hector Hugh Munro

Explore "Los perros del destino" by Hector Hugh Munro on Textopian. Read with annotations and highlights.

A la escasa luz de una bochornosa y gris tarde de otoño, un hombre llamado Martin Stoner caminaba pesadamente por un embarrado sendero cuya superficie se hallaba surcada por las alargadas huellas de multitud de carretas. Aunque a ciencia cierta ignoraba adónde conducía aquel camino, tenía la firme convicción de que allí delante, en algún lugar, estaba el mar, y que sus pasos le dirigían sin remisión hacia allí. Por qué se esforzaba en continuar avanzando tan penosamente hacia dicha meta era algo que apenas hubiese sabido explicar. A menos, eso sí, que se encontrase poseído por ese mismo instinto suicida que impulsa al ciervo en apuros a dirigirse a la carrera hacia un acantilado y arrojarse por él cuando los perros de caza van pisándole los talones. Claro que, en su caso, los que le acosaban de manera tan insistente no eran precisamente perros de caza, sino los perros del Destino. El hambre, la fatiga y una profunda desesperación mantenían su mente tan nublada y confusa que apenas le quedaban fuerzas para preguntarse qué impulso tan extraño era aquel que le obligaba a seguir avanzando.

Stoner era uno de esos pobres diablos sin suerte que parecen haberlo intentado todo para salir adelante. No obstante, una pereza innata y un carácter poco previsor se habían confabulado repetidas veces a lo largo de su vida para arruinar cualquier oportunidad medianamente aprovechable de éxito. Hasta que llegó un día en que, tras darse cuenta de que ya no le quedaba nada nuevo por intentar, decidió que ya no era capaz de aguantar por más tiempo. La desesperación no había despertado en él ninguna reserva latente de energía, sino que más bien le había producido un letargo mental que iba a más conforme aumentaba su mala estrella. Sin otra cosa que las ropas que llevaba puestas, medio penique en el bolsillo y ningún amigo o conocido a quien recurrir, y sin la menor perspectiva de encontrar una cama para pasar la noche o de una comida para soportar el día, Martin Stoner seguía avanzando de manera penosa pero imperturbable por entre árboles y setos cubiertos de escarcha. De no ser por la persistente idea de que allí, en algún lugar delante de él, se encontraba el mar, su mente no hubiera sido más que un espacio completamente en blanco. Hasta que poco después algo nuevo fue abriéndose paso lentamente en su cabeza: la certeza de que tenía un hambre verdaderamente atroz.

Reading navigation