El Danubio by Claudio Magris — Read

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En este Lager, que no es de los peores, murieron más de ciento diez mil personas. La imagen más terrible, más aún quizás que la cámara de gas, es la gran plaza en la que los prisioneros eran reunidos y alineados para la llamada. La plaza está vacía, soleada y sofocante. Nada mejor que este vacío para explicar la imposibilidad de representar lo que sucedió entre estas piedras. Al igual que el rostro de la divinidad en las religiones que prohíben dibujar su imagen, el exterminio y la abyección absolutos no me dejan describir, no se prestan al arte y a la fantasía, a diferencia de las hermosas formas de los dioses griegos. La literatura y la poesía nunca han conseguido representar de manera adecuada este horror; hasta las mejores páginas palidecen ante el desnudo documento de esta realidad, que sobrepasa cualquier imaginación. Ningún escritor, ni el más grande, puede competir desde su mesa con el testimonio, con la transcripción fiel y material de los hechos ocurridos entre los barracones y las cámaras de gas. Solo quien ha estado en Mauthausen o en Auschwitz puede intentar explicar aquel horror radical; Thomas Mann o Brecht son grandes escritores, pero si hubieran intentado inventar una historia de Auschwitz sus páginas no habrían sido más que edificante literatura de segunda fila en relación con Si esto es un hombre.

Es posible que los testimonios más próximos a esa realidad tampoco los hayan escrito las víctimas, sino los verdugos, Eichmann o Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz -probablemente porque, para explicar lo que era realmente aquel infierno, solo cabe citar al pie de la letra, sin comentarios y sin humanidad. Un hombre que lo cuente con ira o con piedad lo embellece sin querer, transmite a la página una carga espiritual que atenúa, en el lector, el choque de esa monstruosidad. Tal vez sea esta la razón de que resulte casi molesto encontrar por casualidad, en una inofensiva y amable comida, a un superviviente de los Lager, descubrir en el brazo de nuestro simpático o antipático vecino de mesa el número de matrícula del campo; siempre hay una distancia paralizadora entre su inimaginable experiencia y la insuficiencia de los gestos o de las palabras con que él la explica, haciéndola parecer casi una routine.

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