El Danubio by Claudio Magris — Read

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Viena también es una ciudad de cementerios, majestuosos y confidenciales como los retratos de Francisco José. El Zentralfriedhof, el Camposanto Central, es un despliegue de las grandes maniobras representadas para fingir que se detiene el triunfo del tiempo. Las tumbas de los grandes vieneses -el sector dedicado a las personalidades ilustres, que comienza a la izquierda de la entrada principal, la puerta n.º 2- son la primera línea de una Guardia que se enfrenta a la fugacidad, pero a diferencia de la napoleónica en Waterloo, que forma un cuadrado sin fisuras, esta Guardia combate de acuerdo con una táctica elástica, parece querer sustraerse a la vista del enemigo, insinúa fintas, elude la muerte, bromea y da largas, para confundir la metódica caída de la guadaña. A las cinco de la mañana esta hilera de lápidas, bustos y monumentos sigue todavía casi invisible, oculta en la noche nublada y lluviosa, en una realidad opaca e incolora, jalonada aquí y allá por las lámparas votivas. El señor Baumgartner tiene a su lado el fusil -un fusil que posee desde hace treinta años, me ha dicho unos minutos antes- y le pone la mano encima, con la afectuosa y tranquila familiaridad de una larga convivencia, de la misma manera que a un músico le encanta sentir sobre la mano el contacto de su violín, al que ama no solo por los servicios prestados sino también por su forma, su curva, su superficie y el color de su madera.

Es la primera vez que, en un cementerio, me encuentro al lado de alguien que no manipula flores, palas o libros de oraciones, sino fusiles y cartuchos. Pero hoy, durante unas horas, antes de que amanezca, el Cementerio Central de Viena es un bosque, una jungla, el bosque de Media de Cuero,[3] la estepa de Turguénev, el dominio de Diana o de San Huberto, el lugar en el que no se sepulta ni se bendice, sino que uno se aposta, dispara y mata antiguos parientes para los que ningún rito prevé un Réquiem o un Kaddish. Esta mañana, en el Cementerio Central se caza, aunque el señor Baumbartner no quiera oír esta palabra y habla de necesario y autorizado cobro de piezas, nocivas por su exceso o por otras razones. Él es uno de los tres cazadores a los que el Municipio de Viena ha encargado mantener el equilibrio adecuado entre los vivos que habitan de forma abusiva esta metrópoli de difuntos (esta «ciudad de los otros vieneses», como dicen los austríacos) e impedir, por tanto, que existan demasiados vivos, convertirles inmediatamente en muertos si demuestran estar demasiado bien en este mundo y prosperar. La muerte es inocua, circunspecta y discreta, no molesta ni daña a nadie; la vida es lo que estorba, hace ruido, estropea, agrede y, por tanto, es refrenada, para que no esté demasiado viva. Las liebres, por ejemplo, sienten una auténtica pasión, ruinosa y culpable como todas las pasiones, por los pensamientos que dejan sobre las tumbas los piadosos familiares; los roen, los arrancan, los desgarran, no se contentan con comer sino que los destrozan y desperdician, como las comadrejas en un gallinero. En el sepulcro de honor, donde reposan los presidentes de la República, aparecen desparramados matojos de pensamientos, arrancados y mordisqueados.

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