Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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Cuatro días después de ocurridos los acontecimientos de que se hace mérito en el anterior capítulo, el conde Luis del Saulay y Oliverio todavía viajaban mano a mano, pero el lugar de la escena había cambiado por completo. Alrededor de ellos se extendía una inmensa llanura cubierta de feraz vegetación y regada por algunos ríos, en las márgenes de los cuales estaban asentadas las humildes chozas de muchos pueblos de escasa o ninguna importancia; acá y allá estaban pastando algunos rebaños vigilados por vaqueros montados que llevaban la reata en la silla, el machete al cinto y la larga pica en el descanso. En el camino, cuyas amarillentas revueltas resaltaban sobre el color verde del llano, se veían negruzcas manchas, que no eran sino recuas de mulas que se dirigían hacia las nevadas montañas que limitan el horizonte; grupos de árboles gigantescos daban variedad a la perspectiva, y algo a la derecha, en la cúspide de una colina bastante elevada, se erguían orgullosamente los robustos muros de una importante hacienda.

Los viajeros avanzaban a paso corto por las últimas sinuosidades de angosta senda que suavemente bajaba al llano, y al llegar a un sitio en que la cortina de árboles que les interceptaba la vista se separó a uno y otro lado, la perspectiva pareció de repente ante ellos, cual si de súbito la hubiese hecho surgir la prodigiosa varita de un mago.

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