Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas, pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura.

Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió.

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