Explore "La generala" by Ramón del Valle-Inclán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Mientras los graves varones republicanos se arrepentían y daban golpes de pecho ante el altar y el trono, ella, lanzando carcajadas y diciendo donaires picarescos, caminaba resuelta hacia la demagogia. ¡Pero qué demagogia la suya! Llena de paradojas y de atrevimientos inconcebibles, como elaborada en una cabeza inquieta y parlanchina, donde apenas se asentaba un cerebro de colibrí, pintoresco y brillante, borracho de sol y de alegría. Era desarreglada y genial como un bohemio; tenía supersticiones de gitana, e ideas de vieja miss sobre la emancipación femenina. Si no fuese porque salían de aquellos labios que derramaban la sal y la gracia como gotas de agua los botijos moriscos, sería cosa de echarse a temblar, y vivir en triste soltería, esperando el fin del mundo. Pero ya se sabe que los militares españoles son los más valientes para todo aquello que no sea función de guerra. Currita y el General Don Miguel Rojas se casaron, y desde aquel día la muchacha cambió completamente, y cobró ademanes tan señoriles y severos que parecía toda una señora Generala. Bastaba verla para comprender que no había salido de la clase de tropa: Llevaba los tres entorchados como la gente de colegio. Los que al leer el notición de aquella boda habían exclamado: ¡Pobre Don Miguel!, casi estuvieron por achacar a milagro la mudanza de la Casa Jimeno. La verdad es que fácil explicación no tenía, y como la Condesa se comía los santos, y la tía abadesa estaba en olor de santidad… Tenía el General por ayudante a cierto ahijado suyo, recién salido de un colegio militar. Era un teniente bonito, de miembros delicados, y no muy cumplido de estatura. Pareciera un niño, a no desmentir la presunción el bozo que se picaba de bigote, y el pliegue, a veces enérgico y a veces severo, de su rubio entrecejo de damisela. Este lindo galán llegó a ser comensal casi diario en la mesa de Don Miguel Rojas. La cosa pasó de un modo algo raro, con rareza pueril y vulgar, donde todas las cosas parecen acordadas como en una comedia moderna. Currita no dejaba fumar a su marido: Decía, haciendo aspavientos, que el cigarro irritaba el catarro y las gloriosas cicatrices del buen señor: Únicamente cuando había convidados, se humanizaba la Generala. Habíase vuelto tan cortés desde que entrara en la milicia, que deponía parte de su enojo, y la furibunda oposición de cuando comía a solas con el veterano esposo, reducíase a un gracioso gestecillo de enfado. Sonreía socarronamente el héroe, y como no podía pasarse sin humear un habano después del café, concluyó por invitar todos los días a su ayudante. Currita, que en un principio había tenido por un quídam al sonrosado teniente, acabó por descubrir en él tan soberbias prendas, y le cayó tan en gracia, que, últimamente no se sabía si era ayudante de órdenes de la dama o del héroe de Cagígal. A todas partes acompañaba a la señora de día y de noche, y hasta una vez llegó Currita a imponerle un arresto, según ella misma contaba riendo a sus amigas.