Las aventuras de Tom Sawyer by Mark Twain — Read

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Lo primero que llegó a oídos de Tom en la mañana del viernes fue una jubilante noticia: la familia del juez Thatcher había regresado al pueblo aquella noche. Tanto el Indio Joe como el tesoro pasaron en seguida a segundo término, y Becky ocupó el lugar preferente en el interés del muchacho. La vio y gozaron hasta hartarse jugando al escondite y a las cuatro esquinas con una bandada de condiscípulos. La felicidad del día tuvo digno remate y corona. Becky había importunado a su madre para que celebrase al siguiente día la merienda campestre, de tanto tiempo atrás prometida y siempre aplazada, y la mamá accedió. El gozo de la niña no tuvo límites, y el de Tom no fue menor. Las invitaciones se hicieron al caer la tarde a instantáneamente cundió una fiebre de preparativos y de anticipado júbilo entre la gente menuda. La ner- viosidad de Tom le hizo permanecer despierto hasta muy tarde, y estaba muy esperanzado de oír el «¡miau!» de Huck y de poder asombrar con su tesoro al siguiente día a Becky y demás comensales de la merienda; pero se frustró su esperanza. No hubo señales aquella noche.

Llegó al fin la mañana, y para las diez o las once una alborotada y ruidosa compañía se hallaba reunida en casa del juez, y todo estaba presto para emprender la marcha. No era costumbre que las personas mayores aguasen estas fiestas con su presencia. Se consideraba a los niños seguros bajo las alas protectoras de unas cuantas señoritas de dieciocho años y unos cuantos caballeretes de veintitrés o cosa así. La vieja barcaza de vapor que servía para cruzar el río había sido alquilada para la fiesta, y a poco la jocunda comitiva, cargada de cestas con provisiones, llenó la calle principal. Sid estaba malo y se quedó sin fiesta; Mary se quedó en casa para hacerle compañía. La última advertencia que la señora de Thatcher hizo a Becky fue:

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