Lola Casanova by Francisco Rojas González — Read

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POZO Coyote, allá en los años iniciales del siglo XX, es un lugarejo de muros grises, como las crestas del páramo, coronadas con techumbres verdegosas. Poca gente discurre por la única calleja, estrechita y serpenteante. Poca gente, pero variada en su aspecto, en su vestidura y en su ademán: pequeñuelos de carne bronceada y risa albeante o bien de piel blanquinosa y cabello lacio, fuerte y negro. Mozas de tez cobriza y facciones de rasgos débiles, sin características acusadas ni peculiaridades comunes; parejas bien distintas en su pergeño; hombres dispares en su pinta y mujeres diferentes en actitudes y porte. Mas también el atavío es desemejante entre los moradores de Pozo Coyote: al par que un indio trajeado a la manera del vulgo de los habitantes del interior de Sonora, transita un yoreme reposado y circunspecto, que trasiega cadenciosamente, dejando juguetear su cabellera sobre los hombros cubiertos, como todo el cuerpo, con prendas blancas de tela de algodón. A nadie extrañaría en Pozo Coyote -por otra parte- que el mestizo sonorense, alegre y decidor, compartiera su lecho con una legítima seri, que conservara no sólo el distintivo de su traje y de su afeite, sino también cada una de las viejas costumbres de los «nietos de la tierra». Tampoco sería raro -racional equilibrio- que el parsimonioso kunkaak acariciara entre sus manos la cabecita ensortijada de un sobrino o de un nieto cruzados.

La esquila de la ermita llama por igual a yoris y yoremes. Se reza en español y se piensa en indio.

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