La isla de los pingüinos by Anatole France

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El «retiro» del reverendo padre Douillard reunía todos los viernes, a las nueve de la noche, en la aristocrática iglesia de San Mael, lo más selecto de la sociedad de Alca. El príncipe y la princesa de los Boscenos, el vizconde y la vizcondesa de Oliva, la señora de Bigourd, el señor y la señora de la Trumelle no faltaban jamás. Allí estaba la flor de la nobleza, y las encantadoras baronesas judías brillaban allí, porque las baronesas judías de Alca eran católicas.

Aquel «retiro» tenía por objeto, como todos los retiros religiosos, procurar a los elegantes mundanos algunas horas de piadoso recogimiento para que se preocuparan de su salud eterna, y también estaba destinado a extender sobre tantas nobles e ilustres familias la bendición de Santa Orberosa, bienhechora de los pingüinos. Con un celo verdaderamente apostólico, el reverendo padre Douillard perseguía la realización de su obra: restablecer a Santa Orberosa en sus prerrogativas de patrona de la Pingüinia y consagrarle sobre una de las colinas que dominaban la ciudad una iglesia monumental. Un éxito prodigioso había coronado sus esfuerzos, y para la realización de aquella empresa nacional reunió más de cien mil adeptos y más de veinte millones de francos.

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