Explore "La isla de los pingüinos" by Anatole France on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los días pasaban sin que ninguna virgen se levantara para salir al encuentro del monstruo. Y en el monasterio de madera, el anciano Mael, sentado en un tronco, a la sombra de la higuera antigua y acompañado por un piadoso monje llamado Regimental, se preguntaba con inquietud y tristeza cómo era posible que no apareciese en Alca una sola virgen capaz de combatir al dragón suspiró, y el hermano Regimental suspiró también. Cruzó el jardín en aquel instante un novicio llamado Samuel, y el anciano Mael le llamó, y le dijo:
-He meditado nuevamente acerca de los medios para destruir al monstruo que devora la flor de nuestra juventud, de nuestros rebaños y de nuestras cosechas, y en este concepto la historia de los dragones de San Riok y de San Polo de León me parece sumamente instructiva. El dragón de San Riok tenía ocho varas de largo, la cabeza de gallo y de basilisco, el cuerpo de buey y de serpiente, desolaba las riberas de Elorn en tiempo del rey Britocus. A la edad de dos años, San Riok lo condujo atado hasta el mar, donde lo ahogó sin resistencia. El dragón de San Pablo tenía sesenta pies de largo y no era menos terrible. El bienaventurado apóstol de León lo sujetó con su estola y lo hizo conducir por un mozalbete de noble alcurnia y de probada pureza. Estos ejemplos demuestran que a los ojos de Dios un doncel casto es tan meritorio como una virgen. El Cielo no hace distinciones. Y os digo esto, hijo mío, porque bien pudiéramos irnos los dos a la playa de las Sombras y llegar hasta las cavernas del dragón, le llamaríamos a grandes voces, yo arrollaría mi estola en torno de su cuello y vos le conduciríais atado hasta el mar, donde se ahogaría irremisiblemente.