La isla de los pingüinos by Anatole France

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Después de una sucesión de vicisitudes inauditas, cuyo recuerdo fue borrado en gran parte por la injuria del tiempo y por el desdichado estilo de los historiadores, los pingüinos acordaron gobernarse por sí mismos. Eligieron una Dieta o Asamblea y la invistieron n el privilegio de nombrar al jefe del Estado. Escogido entre los vulgares, no coronaba su frente con la formidable cresta del monstruo ni ejercía sobre el pueblo autoridad absoluta, y se hallaba sometido, como todos los ciudadanos, a las leyes de la nación. No recibía el título de rey, no adornaba su nombre con un número ordinal, y se llamaba Paturlo, Janvión, Trufaldin, Conquenpot o Farfullero a secas. Estos magistrados no sostenían guerras, acaso por no tener uniforme militar. El nuevo Estado recibió el nombre de Cosa Pública o República. Sus adeptos eran llamados republicanistas o republicanos.

Pero la democracia pingüina no gobernaba por sí sola: obedecía a una oligarquía bancaria que imponía la opinión a los periódicos, manejaba a los diputados, a los ministros y al presidente: disponía en absoluto del tesoro de la República y guiaba la política exterior del país.

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