La sonrisa de la piedra by Rodolfo Mata — Read

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Si no existieran las "cabezas totonacas", la sonrisa hubiera sido desconocida en el mundo plástico indígena y frente a los testimonios pictóricos y esculturales, el observador hubiera concluido que ningún sentimiento placentero había conmovido a aquel espíritu. Sucede lo inverso en el arte griego, cuya serenidad turba por excepción la angustia del Laocoonte o la desolación de las estatuas nióbides. En el arte egipcio la solemnidad hierática no proscribe la sonrisa que tenuemente ilumina los rostros faraónicos y aun se acentúa en la plácida faz de alguna portadora de ofrendas, igual que en la plástica hindú, donde el sonreír se matiza de misticismo en las facciones de Budas y bodisatvas y de sensualidad en el rostro pintado de las Apsaras. En el arte chino la sonrisa va desde la paternal indulgencia de los filósofos o el coqueteo de la cortesana, hasta la bonhomía de los pusáhs, semejantes a frailes rabelesianos. Los artistas japoneses también multiplicaron las sonrisas. La mofletuda y risueña máscara de Okamé da la bienvenida en el umbral de las casas niponas y de hecho todo el Olimpo japonés sonríe, el Olimpo demótico, el de "Los siete dioses de la dicha", menos, como es natural, el sañudo Jachiman, dios de la guerra. Así tenía que ser en el Japón, el amable país de la sonrisa.

Tres artes primitivos proscribieron en absoluto ese gesto de amor, de placer, o cuando menos de indulgencia, el caldeo-asirio, el africano y el mexicano. El primero es la exaltación de la fuerza bruta expresada en episodios bélicos y cinegéticos. Aquellos monarcas barbones y membrudos sólo dejaban de cazar hombres para asesinar animales. El arte africano plasma el terror y la superstición de la mente primitiva con un singular poder de expresión y formas casi abstractas en fuerza de ser puras. El arte mexicano, el que no preconizaba el culto a Quetzalcóatl, sino quizás el del Mago Negro, Tezcatlipoca, creó plásticamente el terror y el espanto, con truculencia y naturalismo que son únicamente suyos y no se encuentran en ningún otro arte. La excelencia sombría de esos artistas consistió en dar forma tan singularmente poderosa y expresiva al dictado teocrático, pues nadie como los escultores indios contribuyó tanto para mantener sobre el pueblo el prestigio de aquel gobierno militar y sacerdotal fundado en el terror armipotente de los guerreros y en el terror sobrenatural de los dioses implacables y vindicativos. De los dos dioses máximos venerados en el Gran Teocali de Tenochtitlán, Huitzilopochtli exigía tanta sangre humana como agua debía conceder Tláloc para fecundar las sementeras del imperio. El agua del cielo se compraba sólo con la sangre de los hombres!

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