Explore "El último judío" by Noah Gordon on Textopian. Read with annotations and highlights.
Yonah conocía a mucha gente que ya se estaba marchando. En el camino que salía de Toledo se vieron en un primer tiempo unos pocos viajeros, después hubo un paulatino goteo y, al final, se produjo una auténtica inundación de judíos que lo recorrían día y noche, una multitud de forasteros de lugares muy lejanos que iban al oeste, hacia Portugal, o bien al este, hacia los barcos. El rumor de su paso se oía desde dentro de las murallas de la ciudad. Viajaban a lomos de caballos y asnos, permanecían sentados sobre los sacos donde guardaban sus pertenencias en carros tirados por vacas, caminaban bajo el ardiente sol llevando sobre sus espaldas pesadas cargas, algunos tropezaban y otros caían. A veces, para animarse y acompañar sus pasos, las mujeres y los niños cantaban y tocaban el tambor y las panderetas.
Las mujeres daban a luz al borde del camino y la gente moría. El Consejo de Treinta de Toledo permitía que los viajeros enterraran a sus muertos en el cementerio judío, pero a menudo no podía ofrecer otra ayuda a los viajeros, ni siquiera un minyan para rezar el kaddish. En otras ocasiones, a los viajeros en apuros se les hubiera ofrecido ayuda y hospitalidad, pero en esas circunstancias los judíos de Toledo se estaban marchando o preparándose para marcharse y ya tenían sus propios problemas.