Crimen y castigo by Fyodor Dostoevsky — Read

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Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora. Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo; en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida.

Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto, se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo, Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse.

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