Crimen y castigo by Fyodor Dostoevsky — Read

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Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal vez se creía obligada a honrar "convenientemente" la memoria de su marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio, entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el solo objeto de "hacer las cosas tan bien como los otros". Permitido es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella "gentuza", no solamente que ella sabía "vivir y recibir", sino que, hija de un coronel, educada "en una casa noble y aristocrática", no había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la noche la ropa de sus hijos.

Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero en abundancia. El menú, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna, comprendía, además del kutia, tres o cuatro platos, principalmente blines; además, estaban preparados dos samovars para los convidados que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones, en casa de la señora Lippevechzel.

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