Explore "Tres conquistas" by Manuel Gutiérrez Nájera on Textopian. Read with annotations and highlights.
NUNCA HE sido fuerte en derecho; soy jorobado; pero a pesar de eso, me agrada el estudio de la jurisprudencia. Tengo un amigo, juez de primera instancia retirado del servicio, que suele ilustrarme en cuestiones de este género. Anoche tuve el placer de dirigirle por escrito una interpelación, y esta mañana he recibido su respuesta. Como el asunto de que trata es muy interesante, incluyo aquí su carta:
Muy querido amigo: / Aunque me tiño, tengo canas. Y hago a usted esa observación, porque me falta al respeto preguntándome lo que me pregunta. ¿Ha tenido derecho el señor gobernador del distrito, para prohibir a las mujeres que no son señoras la entrada al jardín público del Zócalo? Contesto afirmativamente. La autoridad puede indisputablemente prohibir esos espectáculos promiscuos, como usted puede, sin que ninguno se lo impida, separar del corral en donde tiene sus gallinas japonesas, los animales que les sean nocivos. Esto es lógico. / En lo que yo presumo que se equivoca la prensa y el gobierno es en la pretendida importancia de esas desgraciadas. Tienen una reputación usurpada, como esos solterones que pasan por peligrosos desde el periodo de Santa Ana y son incapaces de romper un plato. Son como el Teatro Arbeu: todos vaticinamos que se incendiaba la primera noche de su estreno, y Villalonga perdió todos sus dientes antes de que el siniestro aconteciera. / A este propósito, voy a contarle a usted mis impresiones personales. Hace sesenta años, tres días, nueve minutos, que este obediente servidor de usted arribó a México. Mi padre había puesto en mi cartera de cuero. no de Rusia, tres libranzas de a mil pesos, y me había dicho como en la «Gracia de Dios»: ¡Busca tu vida! Lo primero que yo busqué para ponerme en orden, fue una chaqueta de mahón, dos botas de vaqueta y tres docenas de paliacates colorados. Puse estas provisiones en un gran baúl, cerré el candado, y después de las despedidas habituales, tomé asiento en un enorme coche de colleras, cuyo mayoral tenía todas las trazas de un mendigo. Como mi pueblo estaba a cincuenta leguas de México, tardé mes y dos días en todo el viaje. Llegué a la ciudad cuando ya el sol se había puesto detrás de las montañas; no era noche de luna; sin embargo, las calles estaban completamente a oscuras. Yo, pobre provinciano no había soltado aún el pelo de la dehesa, sentí que el corazón se me saltaba al divisar las torres de la Catedral, y poner mi planta profana en las losas desquebrajadas de la calle. ¡Estaba en México! Absorto en mis pensamientos y maravillado de mi propia fortuna, me dirigí a la casa de unos tíos, que ya estaban dispuestos para recibirme, y en cuya casa, limpia como una taza de plata, pasé mis mocedades. A los quince días conocía yo como la palma de la mano todas las maravillas que por aquel entonces encerraba la ciudad: el caballo de Carlos IV, el convento de San Francisco la Catedral, la Inquisición y la Alameda. Entre otras cosas, conocía a una señora de no muy limpia fama, con quien, no sin grandes tropiezos y remilgos, habíame presentado Vicentito, el niño de la casa. Se llamaba Carmen. Malas lenguas afirmaban que su más poderoso arrimo era un cierto oidor -un certain dervis- que como casi todos los oidores del tiempo virreinal, solía ser sordo. Sea ello lo que fuere, lo cierto es que Carmen era todo lo que se llama una real moza. No estaba ya en sus quince. Mi amigo aseguraba que estaba entrada ya en los veinticinco; pero Dios sabe cuántas semanas, meses o años hacía de eso. Su casa, que estaba casi en las afueras de la ciudad, era de lo más lujosa que se podía obtener en aquel tiempo. En la sala había seis sillas de manzanitas con su correspondiente asiento de amarillo tule, y haciendo veces de alfombra recorría la pieza una franja angosta de humildísimas esteras, conocidas vulgarmente con el prosaico nombre de patentes. Sobre dos rincones elegantes, en cuyas columnas no solamente había manzanas sino otras frutas y diversas flores dibujadas, estaban dos pantallas hermosísimas, supremo lujo de aquellas épocas felices. Aquel debía ser algún obsequio del oidor. Todo en aquella casa estaba puesto con un lujo idéntico, desde la cama de madera pintada de verde, con el sacrificio de Abraham en la cabecera, hasta el pañolón de Malinas que Carmen se prendía con exquisita gracia sobre el seno. / Aquellas fueron mis primeras relaciones amorosas. Conservo aún la cuenta; me costaron quinientos doce pesos.