Explore "El prisionero de Zenda" by Antonio Hope on Textopian. Read with annotations and highlights.
La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey apócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente día comenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que tenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcé apresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Rey bebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes.
Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y a quien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino de perlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; tras discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que me bastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller atestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de fórmulas y juramentos. Recibí más tarde al embajador de Francia, que me presentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó la ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadores hasta entonces.