El prisionero de Zenda by Antonio Hope — Read

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Para que se comprenda bien lo ocurrido en el castillo de Zenda, tengo que completar el relato de lo que yo en persona vi e hice aquella noche con una breve reseña de lo que más tarde supe por Tarlein y la señora de Maubán. Esta me explicó por qué el grito que yo le había mandado dar como señal se había convertido de estratagema en siniestra realidad y oídose mucho antes de la hora convenida; grito que por un momento apareció ser la ruina de todas nuestras esperanzas, pero que vino a favorecerlas en definitiva.

La desgraciada mujer, impulsada, según creo, por verdadero afecto al duque de Estrelsau, no menos que por la brillante perspectiva ofrecida a su ambición, había seguido al Duque, a petición de éste, de París a Ruritania. Era Miguel hombre de violentas pasiones, pero de voluntad más poderosa todavía. Con frío egoísmo lo tomó todo sin dar cosa alguna en cambio, y Antonieta no tardó en descubrir que tenía una rival en la princesa Flavia; desesperada, no reparó en medios para conservar el amor del Duque. Al propio tiempo se vio mezclada en las audaces maquinaciones de éste. Resuelta a no abandonarlo, unida a él por los lazos de su impura pasión y por sus propias esperanzas, no quiso, sin embargo, servirle de pretexto para llevarme a la muerte. De aquí las cartas que me había escrito revelándome el peligro. No pretenderé averiguar si las líneas dirigidas a Flavia las habían dictado el afecto o el odio, la compasión o los celos: pero nos fueron también de gran servicio. Cuando el Duque fue a Zenda ella le acompañó; y allí pudo comprender por primera vez la crueldad de Miguel en toda su extensión y se apiadó su alma del desgraciado Rey.

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