El prisionero de Zenda by Antonio Hope — Read

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Los detalles de mi regreso al hogar, son poco interesantes. Fui directamente al Tirol, donde pasé quince días en la mayor quietud y buena parte de ellos en cama, con fuerte fiebre; fui también víctima de una reacción nerviosa, que me dejó débil como un niño. Tan luego me hospedé, escribí a mi hermano, anunciándole mi próximo regreso; lo cual bastaba para poner término a las investigaciones que se hacían para averiguar mi paradero, y que probablemente traerían ocupado todavía al jefe de policía de Estrelsau. Dejé crecer de nuevo bigote y perilla, y ambos eran ya de respetable dimensión cuando bajé del tren en París y me presenté en casa de mi amigo Jorge Federly.

Mi entrevista con él fue notable, principalmente por el número de falsedades tan involuntarias como inevitables que le dije; y me burlé cruelmente de él cuando me confesó que me había sospechado de haber ido a Estrelsau en seguimiento de Antonieta de Maubán. Supe que ésta se hallaba de regreso en París, pero vivía muy retiradamente; cosa que los murmuradores explicaban con la mayor facilidad. ¿Acaso no eran conocidas de todos la traición y la muerte del duque Miguel? Sin embargo, Jorge aconsejó a nuestro común amigo Beltrán que no perdiese toda esperanza, porque, como él decía con la mayor frescura, «un poeta vivo vale más que un Duque muerto.» Después preguntó, dirigiéndose a mí:

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