Gloria by Benito Pérez Galdós — Read

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Y era en verdad contraste singular que mientras su alma, como dice el salmista, escapaba al monte cual ave, estuviese su cuerpo en lugar tan rastrero como una cocina, y arremangándose los lindos brazos y poniéndose un delantal blanco, empezara á batir con ligera mano muchedumbre de claras y yemas de huevo, que en honda cacerola espumarajeaban formando bolas de fragilísimo cristal. La cuchara, que por la rauda agitación apenas se veía, levantaba amarilla nube; hervían las albuminosas claras, simulando graciosas excrecencias de ámbar y mil y mil engarzos de topacios, en cuyas facetas temblaba la luz. Después pasó aquel menjurge de una cacerola á otra, quitó á un limón toda la cáscara, picóla en menudos trocitos, revolvió con harina los huevos, sacó de un cajón unas viejecillas arrugadas y dulcísimas que en su juventud se llamaron uvas, acaparó bizcochos, apoderóse por último de un molde de hoja de lata, todo con gran presteza y pulcritud, hasta que Francisca, no pudiendo tolerar tal invasión en sus dominios, le dijo de muy mal talante:

-¿Qué haces ahí, tonta? ¿Qué comistrajo es ese?

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