Explore "Nazarín" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
El cabello era gris, bien peinado con sinfín de garabatos, ondas y sortijillas. Lo demás de la persona anunciaba desaliño y falta absoluta de coquetería y arreglo. Nos saludó con franca risa, y a las preguntas de mi amigo contestó que se hallaba muy harta de aquel trajín y que el mejor día lo abandonaba todo para meterse en las Hermanitas, o dónde almas caritativas quisieran recogerla; que se negocio era pura esclavitud, pues no hay cosa peor que bregar con gente pobre, mayormente si se tiene un natural compasivo, como el suyo. Porque ella, según nos dijo, nunca tuvo cara para pedir lo que se le debía y así toda aquella gentualla estaba en su casa como en país conquistado; unos le pagaban; otros, no, y alguno se marchaba quitándole plato, cuchara o pieza de ropa. Lo que hacía ella era gritar, eso sí, chillar mucho, por lo cual espantaba a la gente; pero las obras no correspondían al grito ni al gesto, pues si despotricando, era un suponer, no había garganta tan sonora como la suya, ni vocablos tan tremebundos, luego se dejaba quitar el pan de la boca y el más tonto la llevaba y la traía atada con una hebra de seda. Hizo, en fin, la descripción de su carácter con una sinceridad que parecía de ley, no fingida, y el último argumento que expuso fue que después de veintitantos años en aquel nidal de ratas, aposentando gente de todos pelos, no había podido guardar dos pesetas para contar con algún respiro en caso de enfermedad.
Esto decía, cuando entraron alborotando cuatro mujeres con careta, entendiéndose por ello no el antifaz de cartón, o trapo, prenda de Carnaval, sino la mano de pintura que se habían dado aquellas indinas con blanquete, chapas de carmín en los carrillos, los labios como ensangrentados y otros asquerosos afeites, falsos lunares, cejas ennegrecidas, y la caída de los ojos también con algo de mano de gato, para poetizar la mirada. Despedían las tales de sus manos y ropas un perfume barato, que daba el quién vive a nuestras narices, y por esto y por su lenguaje al punto comprendimos que nos hallábamos en medio de lo más abyecto y zarrapastroso de la especie humana. Al pronto, habría podido creerse que eran máscaras y el colorete una forma extravagante de disfraz carnavalesco. Tal fue mi primera impresión, pero no tardé en conocer que la pintura era en ellas por todos estilos ordinaria, o que vivían siempre en Carnestolendas. Yo no sé que demonios de enredo se traían, pues como las cuatro y Chanfa hablaban a un tiempo con voces desaforadas y ademanes ridículos, tan pronto furiosas como risueñas, no pudimos enterarnos. Pero ello era cosa de un papel de alfileres y de un hombre. ¿Qué había pasado con los alfileres? ¿Quién era el hombre?