El maniquí de mimbre by Anatole France — Read

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Horrorizan a la señora de Bergeret la soledad y el silencio. Desde que su marido no le dirigía la palabra, en absoluta separación se turbaba Amelia, y al entrar en su alcoba palidecía como si entrara en un sepulcro. Si estuvieran sus hijas en casa no le faltarían, sin duda, el movimiento y el ruido indispensables a su naturaleza; pero en otoño hubo una epidemia de tifus y las mandaron a casa de su tía, la señorita Zoé Bergeret, avecindada en Arcachón, donde pasaron el invierno y donde, por conjeturas verosímiles, podía suponerse que su padre resolvió dejarlas. Amelia tenía un espíritu doméstico; el adulterio sólo fue una expansión de su vida conyugal, un apéndice de su matrimonio. Entregóse tanto por femenil orgullo como por deseos de su carne, ansiosa y fecunda. Creyó siempre que sus relaciones amorosas con Roux no pasarían del goce físico y secreto; un adulterio sosegado, el cual presupone, implica y confirma el matrimonio que las gentes honran, que la Iglesia bendice y que dignifica la condición privada y social de la mujer. La señora de Bergeret era una esposa cristiana. Reconocía en el matrimonio un sacramento, cuyas consecuencias, augustas y durables, no podían anularse por una falta como la que había cometido, grave, sin duda, pero también merecedora de perdón y de olvido. Juzgaba su comportamiento con poco sentido moral; suponía su falta leve, sencilla, sin la intención maliciosa ni el apasionamiento que reviste una falta con la grandeza del crimen y pierde a la culpable. No podía sentirse criminal; pensaba sólo que tuvo poca suerte. Las inesperadas consecuencias de aquel insignificante asunto se desarrollaban para ella con una tétrica y espantosa lentitud; padecía horriblemente al verse abatida y sola en su casa; le faltaba su doméstica soberanía, se creía despojada, por decirlo así, de sus disposiciones, a caseras y culinarias. El sufrimiento no la fortalecía ni la purificaba, sólo pudo inspirar a su pobre inteligencia ora la rebeldía, ora la humillación. Diariamente, a eso de las tres, salía a la calle muy erguida y pomposamente ataviada, con los ojos brillantes, las mejillas arreboladas, terribles; y a grandes zancadas recorría las casas de sus amigas. Solía visitar a la señora de Torquet, esposa del decano; a la señora de Leterrier, esposa del rector; a la señora del director de la cárcel; a la señora del escribano Surcoux, a todas las señoras de burgueses medianamente acomodados, ya que nunca la quisieron tratar las nobles ni las ricas. Y en todas partes se lamentaba de su marido, y lanzaba contra él todos los agravios que le sugería su imaginación mezquina, pero intencionada. Principalmente le acusaba de alejarla de sus hijas, de tenerla sin dinero, de abandonar el domicilio para ir a los cafés y acaso a los garitos. En todas partes hallaban sus quejas un eco de simpatía; en todas partes inspiraba interés y ternura.

Poco a poco subió, extendióse, agigantóse aquella ola compasiva. La señora del ingeniero Dellion, que no podía recibirla en su casa porque no era propio de su encumbramiento intimar con personas modestas, sin embargo, le hizo llegar la noticia de que la compadecía de veras y que reprochaba la conducta odiosa del señor Bergeret.

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