Explore "Los cabellos" by Emilia Pardo Bazan on Textopian. Read with annotations and highlights.
Era en el doble reducto de la plaza fuerte de Mahanaim. Entre ambas líneas de fortificaciones, sobre el reborde de piedra gris que sostenía la casamata, David, estenuado, se sentó á esperar noticias. Más de dos horas hacía que daba vueltas impaciente, porque no acababan de llegar los mensajeros. Aumentaba su fiebre la imposibilidad de acudir en persona al campo de batalla, lo cual rompería su propósito firme de no mandar nunca tropas en casos de guerra civil. Si se tratase de combatir á los filisteos y de renovar los laureles de Balparasim, derramando la heroica libación del agua sagrada de Belén, por no aplacar la sed cuando desfallecían los soldados, ó de organizar otra batalla de Refaim, donde por primera vez en el mundo antiguo hizo milagros la estrategia; si se encendiese la lucha con los Moabitas idólatras y libres, ó con los opulentos Arameos, ó con los insolentes Amonitas, que habían ultrajado á los embajadores de Israel, -- allí estaría David el hondero, el _gibor_, el aventurero para quien es dulce música, más que el acorde de la cítara, el choque de las armas. Pero oponerse á los suyos, desenvainar la espada ó blandir la lanza para que busque el costado de un amigo, de un pariente, de un compañero -- había repugnado á David. -- Y ahora, en el trágico momento presente, el rey bendecía aquella antigua resolución, que le evitaba luchar con su propia sangre, el preferido de su alma, la luz de su ojo derecho, su hijo!
Hay en las situaciones violentas y en las horas de extremada ansiedad un instante en que los nervios se aflojan y el cuerpo se rinde á la necesidad de descanso. La inquietud, la calentura del viejo monarca se aplacaron desde que se dejó caer sobre aquel reborde de piedra en el solitario fortificado recinto. Por las saeteras veía la luz roja del Poniente, que abrasaba el campo con reflejos de hoguera enorme. Aquella claridad purpúrea, sangrienta, devoradora, fue lo último que advirtió David antes de cerrar los párpados y reclinar la cabeza en el muro, olvidando lo presente, las angustias de la incertidumbre y los terrores del espíritu.